Perdón, Salma

Por Ofelia Estrada

Hace unos días veía una entrevista de Salma Hayek en el programa “The Tonight Show Starring Jimmy Fallon” en el que la actriz le contaba al conductor que su manera de sentirse mejor cuando estaba triste era tomar la famosa frase “toma una canción triste y hazla mejor” del hit “Hey Jude” de los Beatles, y que para ella eso significaba hacer una versión salsa de cualquier melodía.  

Hayek, con mucha gracia y confianza, se paró y cantó su propia versión de “All By Myself” de Celine Dion, lo que causó risas y aplausos de Fallon y la audiencia.

La verdad es que la parte mexicana de la actriz siempre ha sido uno de los elementos a destacar en este tipo de shows, y ella, con gran facilidad y picardía, logra carcajadas de los espectadores con sus bromas.

En otro programa, con Jimmy Kimmel, Hayek comentó que los mexicanos son buenísimos en atletismo por “todo el entrenamiento que hacemos de ida y vuelta al cruzar la frontera”.

Para los mexicanos, Salma Hayek es el ejemplo perfecto del sueño estadounidense.

Una chica nacida en Coatzacoalcos, Veracruz, llegó a principios de los años 90 a Hollywood con un objetivo en mente, y poco a poco no sólo se ha posicionado como una gran actriz, sino como la exportación cultural más importante de nuestro país hacia Estados Unidos.

Por eso, con vergüenza, admito que hace unos 10 años yo no era para nada su fan.

Al contrario, la consideraba una especie de estadounidense wanna be, y hasta me atrevía a burlarme de su acento.

Vaya, por esa razón me daba pena siquiera admitir que era una mexicana que triunfaba en Hollywood.

Me preguntaba a mí misma: “¿Cómo es posible que esta mujer tenga un pésimo acento y haga películas con grandes actores y actrices de Estados Unidos? ¿Acaso no se tomó el tiempo para ir a clases de inglés antes de llegar a Los Ángeles?”.

Lo mismo me sucedía con Penélope Cruz, pero ésa es otra historia.

Entré a la universidad, leí, conocí gente, abrí mi mente y dejé los comentarios negativos y la discriminación que tenía contra la actriz.

Simplemente me olvidé de ello, no fue algo que sucedió o cambió por decisión propia.

Después de eso, veía sus videos o películas y pensaba: “Así es ella”.

Aprendí a aceptar a la gente por cómo es y dejé los prejuicios a un lado.

Pero es durante el último año y medio que me doy cuenta de la importancia de gente como Salma en Estados Unidos: migrante, hispana, con acento mexicano fuerte, marcado, con gracia y personalidad que sólo nos distingue a nosotros.

Y sí, es gracias a quien ahora dirige ¿el país más poderoso del mundo? que he abierto mucho más mi mente y mis ojos.

Me pregunto: “¿en qué momento llegamos a esto? ¿En qué momento hay tanta intolerancia hacia las diferencias de cada persona?”.

Aunque formé mi opinión sobre Salma mucho antes de tener una formación en periodismo, me da pena pensar que en algún momento de mi vida llegué a pensar de esa manera al ejercer esta profesión.

Mucho más cuando la migración se ha vuelto un tema muy importante a nivel personal, pues mi familia es migrante en el vecino país y ha sufrido las consecuencias de serlo. 

De acuerdo con American Community Survey (ACS), hasta el 2015, 47 por ciento de los inmigrantes en Estados Unidos son de origen hispano, 26 por ciento son asiáticos, mientras que 18 por ciento y 8 por ciento son blancos y negros, respectivamente.

Ellos, junto con Salma y toda la comunidad inmigrante en Estados Unidos, sufren las consecuencias de tener al frente de su gobierno a una persona que no vela por sus derechos humanos, ni siquiera por el derecho a un hogar.

Mientras tanto, los de origen árabe y musulmán luchan contra políticas que no les permitirían permanecer en la nación que ha sido su casa por una buena cantidad de años.

Hermanos, hermanas, hijos y padres, hijas y madres han sido separados por las decisiones de una persona que no se da cuenta que él mismo nació en el seno de una familia inmigrante.

Sin embargo, la unión de cada comunidad, las protestas y no permanecer en silencio han sido lo que se ha ganado en esta batalla.

La situación que vivimos no es como lo pinta Pepsi, pues con una lata de refresco se no resuelve el racismo, sino como lo dice el nuevo comercial de Heineken: tomemos una cerveza mientras platicamos de nuestras diferencias, de temas que realmente importan hoy en día.

Eso es sobre la comunidad LGBT, cambio climático, feminismo, entre mucho más.

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