La transición de mudarte o el inicio de un nuevo comienzo

Por: Antonio Herrera

“¡Me saludas a Thomas y a tus perrhijos!”, digo para finalizar la llamada.

Volteo a la derecha y brilla el Ángel de la Independencia; a mi izquierda un Uber casi atropella a una persona que recorre Reforma en ecobici.

Vuelve a sonar mi teléfono. Esta vez es mi jefe diciéndome que tengo que ir a Santa Clara Coatitla. ¡Metro! Camino hasta la estación de Chapultepec y tomo una micro que me lleve hasta Ecatepec.

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“No saques tu celular, confía en la gente, estate alerta”, me digo a mí mismo.  

El vagón lleva de todo: ancianos que van parados y jóvenes que están sentados, “¡a 10, a 10…!”, gritan con ligas, corta uñas y pelotas en grandes mochilas, “un hombre no tiene por qué llegar a su casa si su mujer no está”, escucho.

Tengo que transbordar y hace calor acá abajo. Y hay negocios a mi izquierda y a mi derecha vendiendo aguas, papas, bubulubus y cualquier cosa que se te pudiera antojar.

Alguien se acerca. ¿Qué consume? Resistol, crack, heroína. Otro va borracho. Una familia va en silencio y unos amigos riendo. Aquí tomo la micro.

Llego y es como un pueblito en el área metropolitana construido entre restos aztecas y migrantes mexicanos.

Suena una vez más mi teléfono y con miedo lo contesto.

“Es una feria de empleo, platica con la gente”, me indica mi jefe.

Y la feria es al lado de la iglesia de Santa Clara de Asís, está rodeada de pollerías, carnicerías, papelerías y, entre otras cosas, a lo lejos, una pequeña oficina del Municipio.

El evento fue un éxito a pesar de las pocas personas que asistieron en el “pueblito” de más 3 millones de personas. Y la gente camina entre los negocios de la feria. No se limitan y compran varios sabores de todo y diferentes diseños de lo que les gustaba. Y aún más cerca de la feria seguían vendiendo más delicias mexicanas a buen precio.

Fue cuando llegó la noche y entre los negocios dos policías llevaban a quien yo pensé que era un teporocho.

Y aún más de noche, cuando ya nos íbamos, se escucharon balazos al lado de la iglesia.

Las luces se iluminan tanto como antenas de televisión, a lo largo y ancho de Indios Verdes y Tacubaya. La gente sigue caminando entre Bellas Artes y Zona Rosa. Llego cansado y feliz.

Y tengo que seguir trabajando. Reparto folletos entre desconocidos. Un anciano le pide feria a un indígena que no habla español.

“Voy para tu casa”, te digo con una botella de vino en la mano, otra vez transbordando.

Tengo que ir parado porque va y viene gente del trabajo. Empujándonos entre todos llego tarde.

“Tengo que hacer una llamada”, te digo. Así que llamo a Thomas de nuevo.

Y la noche sigue aquí entre cervezas y personas que no conozco. Cuando por fin el día terminó y pude despertar, estaba solo en esta ciudad.

Despertar con la angustia de un día nuevo debería ser un propósito. Y mientras pienso la realidad continúa.

Hoy amaneció a 28 grados aquí y allá tienen frío.

El día no es para nada cotidiano. Personas diferentes que empiezo a reconocer. Me extraña que no me llamaran, así que no sé cómo estar en paz conmigo mismo. Y de repente llega como si fuera invocado.

“¡Tienes que llegar a tiempo!”, me ordena mi jefe.

Así que estoy yo combatiendo contra el tiempo y el tráfico. Y llegando tarde al evento que todavía no empieza. Pido una soda y no un refresco y nos confundimos todos.

“¡Metro!”, así que tomo el mexiquense. De Indios Verdes voy a Zapata y ahí transbordo.

“¡Estoy a tiempo!”, me echo porras a mí mismo.

Y de regreso personas apenas van. Llevan varios San Judas y rezos sobre ellos. Siguen vendiendo discos, colorantes y otras extrañezas mientras me formo por un paste.

Y cuando menos lo espero, llega la hora y por fin es domingo. Así que abrazo a tus perrhijios sin saber cuando los volveré a ver.

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