La esclavitud a lo cotidiano

Por: Antonio Herrera

Fue cuando enloqueció y decidió tomar unas maletas e irse, por un tiempo indefinido, a Barcelona.

Estaba enloqueciendo, pues ya se había aburrido de lo mismo. El trabajo le agobió más de la cuenta, así que hizo que la despidieran para gastar algo de su dinero en experiencias nuevas.

Lloró atormentada de estar rodeada siempre de las mismas personas y de estar soltera y sola en noches muy oscuras. Extasiada por el día, iba perdiendo las ilusiones antes del atardecer.

Hizo las maletas y tres meses después llegó a Barcelona. Justo cuando Cataluña proclamaba su independencia, se estableció por Sarriá.

Su primera noche la paso sola, rodeada de una ciudad extraña. Pudo dormir poco porque traía el sueño atrasado desde el vuelo y la extrañeza de falta de nostalgia la atormentó.

Tarde por la mañana decidió salir a lo desconoció por vez primera, había un cierto aire barcelonés que le agitó las ganas de estar ahí, así que tomó el tranvía para llegar a Tibidabo y ver el océano desde otro extremo.

Tibidabo

Un azul tan diferente la expuso a un sentimiento extraño: un sentimiento de soledad que desborda alegría con extrañeza y alivio. Se sintió curada por unos momentos hasta que toda ella, la ciudad, se pintó de naranja.

Se acercó al mar para bañarse, pero el agua no la mojó, tantas cosas a su alrededor la distraían, que necesitó una cerveza para refrescarse.

Esa noche despertó acompañada. Un catalán la abrazaba fuerte y desnudo. La mañana transcurrió rápida y el resto del día lento, se despidieron sin darse un beso largo, así que ni tiempo le dio para volver a empezar.

Solitaria se atrevió a ver el erotismo de Picasso hasta que se le secó el recuerdo. Ella misma se sentía gótica entre las calles, más misteriosa que nunca. Hasta juró que los pechos le habían crecido cuando en realidad eran las tapas.

Varias mañanas después volvió a despertar abrazada de su catalán.

-Yo también me siento un extraño en mi ciudad.

Así que volaron juntos a Monterrey. Ella se sintió feliz por regresar y él ansioso por comer carne asada.  

El calor era igual de agobiante, pero para él era nuevo y más seco. Ella sintió una nostalgia bochornosa por regresar y dejar atrás algo de felicidad.

-Tú eres parte de mi felicidad. – Le dijo el catalán antes de volar a Cancún y despedirse en una falsa promesa de verse. Ella se quedó porque tenía que encadenarse de nuevo a lo cotidiano. Una alegría con algo de culpa la invadió, alegría de regresar, pero culpa por saber que se cansaría nuevamente.

Sus primeros días aquí fueron para nada cotidianos, pero ella misma se encargó de hartarse.

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