Un viaje por la historia en Chihuahua

Por Pedro Pablo Cortés

Con su confrontación con la Secretaría de Hacienda, Chihuahua protagoniza una disputa que podría ser trascendental para el sistema mexicano.

Pero no es la primera vez, pues Chihuahua es cuna de las resistencias y rebeliones más importantes de los últimos tres siglos, como explica Juan Pardinas en Reforma.

Benito Juárez instaló en Chihuahua la sede del gobierno republicano en 1864, durante la resistencia a la intervención francesa. Un año después huyó a Villa Paso del Norte, hoy Ciudad Juárez, donde también estableció el gobierno nacional.

La Revolución, de hecho, se adelantó en Chihuahua, pues Toribio Ortega lideró el primer levantamiento revolucionario el 14 de noviembre de 1910 en Cuchillo Parado.

El historiador Friedrich Katz indica que la única rebelión seria a finales de ese año en México fue la que sucedió en Chihuahua.

Además, voces de todo el espectro político coinciden en que el “fraude patriótico” en las elecciones de 1986 y la consecuente revuelta que despertó fueron un parteaguas en la lucha contra el régimen priista.

Aun así, Chihuahua no es de los primeros lugares que vienen a la mente cuando se piensa en un lugar turístico dentro del país.

Pero México le debe mucho a Chihuahua y una forma de retribuirle es visitarlo.

Aquí una breve reseña de mi fin de semana en el estado más grande de la nación.

Caminata por el centro y delicioso queso

Llegamos cerca de las 5:00 de la tarde al aeropuerto de Chihuahua, desde donde pedimos un Uber a nuestro hotel, un Ibis a 15 minutos de distancia a pie del centro.

Dejamos nuestro equipaje y de inmediato caminamos hacia la Plaza Mayor, un espacio de más de 6 mil metros cuadrados del que se vislumbra el Palacio de Gobierno, la Casa Chihuahua, la iglesia de San Francisco de Asis y el Ángel de la Libertad.

Entramos al Palacio de Gobierno, donde además de un extenso mural que ilustra la historia de la entidad, está el lugar donde fusilaron a Miguel Hidalgo.

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La Catedral de Chihuahua, el mejor monumento religioso de estilo barroco del norte.

Caminamos por unas ordenadas calles peatonales del centro hasta entrar a la Catedral, el monumento de estilo barroco más importante del norte.

Salimos y nos perdimos por ahí. Mi novio es de Xalapa y la única ciudad norteña que conocía era Monterrey, por lo que a él le resultó, en particular, fascinante.

Se reía de cosas como los sombreros, las botas y letreros que decían “Chihuahua, la capital mundial de la carne asada”. Le advertí que eso era un tema controversial.

Yo soy de Monterrey, mi mamá de Hermosillo y mi papá del altiplano potosino. Además, conozco Coahuila, Tamaulipas y viví un tiempo en Cd. Juárez. Aun así, nunca había visto una ciudad norteña donde la cultura vaquera, o cowboy, estuviese tan bien lograda y arraigada como en Chihuahua.

Lo que en verdad me maravilló fue la diversidad del centro: tarahumaras con sus vestidos típicos, menonitas con sus quesos, algunos gringos, hipsters y rancheros.

Cenamos en La Casona, un restaurante que resultó ser de alto nivel y donde comimos queso menonita con chorizo y botana norteña, un plato con carne seca y chilaca.

Estábamos a unos 2 grados centígrados, pero sirvieron la cerveza helada porque es el norte y así debe ser.

Cultura y naturaleza

El sábado fue un intenso día para empaparnos de historia: visitamos la Casa de Juárez y la Casa de Villa, además de su Mausoleo.

También fuimos a la Quinta Gameros, una mansión estilo art nouveau de inicios del siglo 20 que ahora es el centro cultural de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

Ésta fue la sorpresa más impresionante del viaje.

Nuestro amigo Mario nos llevó en auto al parque de la Presa El Rejón, al Palomar y al Parque del Acueducto.

Lo mejor fue ir a La Sotolería, donde tomamos diferentes variedades de sotol, una bebida parecida al tequila, pero que se destila de la planta del sotol que crece en el norte del país. Lo siento por la redundancia.

Desde ahí se ha convertido en mi destilado mexicano favorito. Probamos el dorado, el de nuez, de almendra, de crema de piñón y una variedad en la que se introduce una víbora dentro del líquido. Literal, tomamos veneno.

 

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La Sotolería, mágico lugar. 

 

Para rematar nuestro viaje, Mario nos llevó el domingo a las Grutas Nombre de Dios, donde nos tomamos el recorrido junto a un grupo de menonitas pubertos.

De regreso, compramos todas las artesanías que pudimos. Me arrepiento de no traer equipaje documentado para comprar mi botella de sotol. Ya te extraño, Chihuahua.

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