La búsqueda del amor.

Por: Antonio Herrera 

Se arregló el cabello, lo peinó adornándolo con un listón rojo que le combinaba con su color de piel invernal. Se pintó las uñas de un color que la hacía ver como de la realeza y las sopló con delicadeza para que el tinte no manchara sus dedos. Se enchinó las pestañas para que sus ojos dorados sobresalieran más y se humectó la cara para que le brillara coquetamente. Eligió uno de sus vestidos coloridos para la primavera y los combinó con sus zapatos de tacón. Se miró en el espejo buscando cada una de sus imperfecciones que arreglaba con maquillaje. Se arregló toda, toda ella estaba arreglada, menos el corazón.

Él se perfumó oliendo aún más agreste. Flexionó un poco los brazos esperando hacer un poco de tiempo. Tomó algo de whisky y guardó otro tanto en el ánfora que ocultó en el bolsillo de su bléiser. Le dio una lata de atún a cada gato y los acarició para tranquilizarse. Fue hasta que uno le lanzó un zarpazo para que se decidiera salir. Puso a Luis Miguel en el coche y pasó por unas flores amarillas porque “echar flores siempre anima”.

Se quedaron de ver en el reloj. Ella lo vio primero así que se hizo la distraída mientras él se acercaba con el ramo, estaba tan nervioso que cuando la saludó la espinó. No sangró, pero la hinchazón ahí se quedó por el resto de la velada.

Él quería volver a vivir un gran amor así que sabía que tenía que empezar de nuevo y animarse a conocer nuevas personas, y fue así que llegó con ella, la primera después de varios años de no besar labios nuevos. No podía verla directo a los ojos, así que contempló sus dedos entre varias miradas fugadas. Algo en ella le recordó porque estaba soltero, así que no pudo confiar en ella a pesar de que las flores amarillas resaltaban aún más en su cabello. Y tan nervioso estaba que le dijo que tenía que ir a orinar.

Desfloró una margarita mientras esperaba ya sabiendo que no iba a poder quererlo. Se zafó un poco los tacones y se distrajo un poco más coqueteando con la mirada al mesero. El resto de la noche pasó silenciosa a pesar de que la botella de vino se fue terminando rápido. Estaba tan harta que no la mirara a los ojos que le dio un puntapié.

Se asustó de más que tiró lo que quedaba de su copa en el mantel y sobre su vestido. Ella se levantó rápido y corrió al baño a remojarlo en lágrimas. Se quedó sentada por varios sollozos desflorando todas las flores. Ya despeinada salió para darse cuenta que él ya no estaba. Así que se fue un poco más animada.

Él también se fue llorando y más desganado que nunca se acabó el resto del whisky. Olía a tabaco y a melancolía, así que se emborrachó hasta quedarse dormido.

Ella siguió caminando con el vestido manchado hasta que se detuvo en su jardín. Arrancó unas rosas y se hizo un té que se tomó hasta quedarse dormida.

En otro extremo, al otro lado de la ciudad, un gallo soltó su canto fuera de horario, cuando la madrugada era todavía color rosa.

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