La elección de la desesperanza

Por Pedro Pablo Cortés 

Por dondequiera que se mire y con quienquiera que se converse, la conclusión parece la misma: el panorama en el país es desolador.

El 2017 fue el año más violento en la historia reciente de México, con un asesinato cada 18 minutos y una tasa de más de 20 homicidios por cada 100 mil habitantes, reporta el Observatorio Nacional Ciudadano.

No conforme con eso, en el primer mes de este año ocurrieron 2 mil 500 homicidios, la cifra más alta para un enero desde que se tiene registro, reporta Nación321.

Además, México cayó del lugar 123 al 135 en el Índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional, y del 88 al 92 en el Índice de Estado de Derecho del World Justice Project.

Ante estos datos, no es sorpresa que ocho de cada 10 mexicanos crea que el país va por “mal camino” y que desapruebe la presidencia de Enrique Peña Nieto, según la última encuesta de Reforma.

Lo que sí es desconcertante es que, a pesar de esta realidad, las opciones electorales de este 2018 sean tan desalentadoras.

Tuvimos seis años de un gobierno manchado por la incompetencia y la corrupción, y sólo fuimos capaces de producir estos candidatos.

Cuando el PRI regresó a Los Pinos, en el 2012, sentimos un golpe que nos retrocedió 70 años.

Pero confiábamos en que después de tocar fondo, o al menos eso creímos, Peña Nieto tendría como sucesor a una persona inspiradora, capaz y propositiva, alguien que no sólo sacudiera el régimen, sino que lo cambiara para bien.

Pensamos que, tras afrontar el desastre, el PAN y los partidos de centro e izquierda se pulirían para presentar candidatos que, desde sus respectivas ideologías, tuviesen ideas coherentes y visiones atractivas de desarrollo.

Cuando las candidaturas independientes se materializaron, creímos que una persona de la sociedad civil azotaría a la partidocracia para transformar al sistema político.

No fue así.

Y cada día de esta pre-inter-pos campaña lo evidencia.

Tan solo el miércoles, al despertar, me entero que una de las secretarias de Estado, y compañeras de gabinete del candidato José Antonio Meade, intimida a un periódico al citarlo a la PGR por publicar señalamientos de desvío de recursos federales.

También, que acusan de lavado de dinero a Ricardo Anaya, quien días antes repartió de manera antidemocrática senadurías plurinominales a personajes cuestionados como Josefina Vázquez Mota, Rafael Moreno Valle y Cecilia Romero.

Además, la promesa de Andrés Manuel López Obrador de realizar una “constitución moral” ante el Partido Encuentro Social (PES), una organización cuya prioridad es promover una agenda antiderechos y discriminar a la comunidad LGBT.

Las campañas han estado repletas de momentos como estos, de noticias que te provocan lanzar la computadora o el celular por la ventana.

También están llenas de ideas vacías que los simpatizantes de los presidenciables intentan explicar sin éxito.

Pero esos tuiteros que escriben con amor a Meade, que promueven la supuesta genialidad de Anaya o que minimizan el conservadurismo de López Obrador no persuaden.

Y no lo hacen porque sus candidatos no convencen, ni inspiran.

En el 2000, Vicente Fox movilizó al ser el candidato que derrotaría al PRI.

En el 2006 y el 2012, las luchas ideológicas entre lopezobradoristas y calderonistas inspiraban con un debate coherente de ideas.

Hoy, ese espejismo se ha acabado.

Hablar con amigos, familia, con la pareja y hasta desconocidos es encontrar desesperanza y fatalismo.

Algunos insisten en aferrarse a la idea que un candidato forjó en el pasado, pero son pocos quienes se muestran convencidos de modo genuino.

El sentimiento que veo es el de huir del país, escapar, esconderse, refugiarse o ganas de acabar con todo.

Y, sobre todo, la certeza que sea quien sea el vencedor el 1 de julio, no estaremos bien, y a lo mejor tengamos que esperar seis años más para, ahora sí, presenciar un milagro.

 

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