Historia de un narcomenudista

Por: Antonio Herrera 

Tengo 21 perros y un bebé, así que mi vida se me pasa limpiado mierda. Mis perros los adopté de la calle y mi hijo ‘motherfucker’ fue un accidente del cual he ido aprendiendo ha criar. No es fácil ni mucho menos barato, pero mi venta de marihuana, hongos, alprazolam o cualquier otra droga que me encarguen me da para las croquetas de mis mascotas y los pañales de mi hijo.

Tiento a la suerte. Soy minorista y dependo del que me embarazó -y otros narcomenudistas- para que me surtan de lo que el cliente pida.  No es complicado pues solo hay que tener dos fuentes de contactos que me aseguren el abasto y el consumo.

Yo me encargo de venderle a los que me recomiendan. Es una bola de nieve de personas que crece y crece. Sí Iker me recomienda a Tinita le surto a los dos, y es aún mejor si Tinita me recomienda con su bola de amigos junkies —Iker y Tinita son, en realidad, dos cachorros machos-, así no hay onza que se desaproveche o me termine fumando. Algunos se hacen mis clientes frecuentes, unos cuantos es cuestión de una sola entrega y estoy segura que hay un par que me compran para vender.

El abasto es más complicado:

De un timeloop del cual no podía salir provocado por una adicción al clonazepam arriesgué varias veces mi carro manejando inconscientemente por Morones Prieto en penumbra total a más de 160 km/h para entregar varios miles de pesos de kush -una mezcla más potente de cannabis-. Otras veces no existía el riesgo, pues mis días pasaban en una continua pesadilla de la que no quería despertar. Mi más gran dolor por la adicción fue cuando perdí mi labio inferior por una lucha reñida entre Husky -mi perro que no es de raza- y yo, le concedí la victoria por llevarse parte de mi piel.

Todo el riesgo fue engorroso, lo fácil fue ganarme la confianza de con los quien procuraba las drogas recreativas. Nuestro estado continuo de Nirvana provocado por el fármaco nos hizo buenos amigos y me emplearon como narcomenudista.

De las drogas obtengo el ingreso para lo esencial: comida, bebida e invertir en más estupefacientes para su venta. De mis cosechas de naranja en Montemorelos vienen los lujos: vacaciones, salidas y mi propio consumo de kush -porque del clonazepam me rehabilite cuando 8 meses de vida transcurrieron en mi memoria como un par de semanas-. Tentar al vicio me obliga a trabajar duro para sostenerlo.

No tengo la certeza de donde viene lo que vendo: Chihuahua, Sinaloa, Michoacan, Jalisco, Guerrero… mientras se abastezcan mis clientes, yo y mis proveedores, mi negocio sigue en pie.

Mucho de lo que debería vender lo consumo yo. Tengo dos horarios de entrega: en la noche o cuándo pueda. Soy flexible si quieres variedad y no te quiero engañar, pues consumo de lo que te vendo y no te voy a negar que la paso bien.

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