El PRI debe colapsar

Por Pedro Pablo Cortés

Aún es incierto cuál sería el resultado óptimo de la próxima elección presidencial, pero ya hay algo seguro: México necesita que el PRI colapse.

Cuando el Revolucionario Institucional eligió a José Antonio Meade como su candidato a la presidencia, un ligero optimismo se sintió en algunos rincones de la sociedad.

Creímos que el presidente Enrique Peña Nieto y su Grupo de Atlacomulco habían pensado “ups, nos la bañamos este sexenio”, y que entonces se retirarían a su escondite conformes con el botín que, hasta ahora, han obtenido.

Pero los recordatorios de la podredumbre de ese partido no han cesado.

“Háganme suyo”, dijo Meade a los priistas, y luego procedió a besar las manos de líderes charros como el petrolero Carlos Romero Deschamps.

Desde entonces, como sucede con todo lo que toca el PRI, la situación empeoró.

Meade amenazó con “emprender acciones legales” contra el sitio Animal Político por publicar la investigación de la “Estafa Maestra”.

Su compañera de gabinete, Rosario Robles, intimidó al diario Reforma por publicar que la Auditoría Superior de la Federación (ASF) señala un desvío de miles de millones de pesos cuando era titular de Sedesol y ahora de Sedatu.

Y la cereza del pastel: luego de años de inacción e ineficiencia, la Procuraduría General de la República emprende con rapidez un ataque contra un candidato de oposición y hasta divulga un video de él con el argumento que es de “interés público”.

“Que nadie se confunda. No hay cabida para los eufemismos. Esto es la perversión del elemento central del juego democrático”, sentencia el columnista Salvador Camarena.

Entendemos por qué el PRI-gobierno hace esto. Están desesperados por aferrarse, a como dé lugar, al poder y no encuentran otra manera de repuntar.

La encuesta de Reforma muestra que sólo 14 por ciento de los votantes elegiría a Meade, que cerca de la mitad de los mexicanos nunca votaría por el PRI, y que casi ocho de cada diez desaprueban a Peña Nieto y creen que el país va “por mal camino”.

Pero son justo esta clase de chorradas las que han hundido al partido, y de paso al país, en este muladar.

Lo que sobra de este sexenio son “parteaguas”: Tlatlaya, Ayotzinapa, la “Casa Blanca”, la guerra contra las drogas, el año más violento en la historia reciente, Javier Duarte en Veracruz, la invitación a Donald Trump, Odebrecht, OHL, y un largo etcétera.

Un escándalo tras otro, juramos que “nunca más”.

Con indignación gritamos “hasta aquí”.

Y, sin embargo, vimos al PRI usar el aparato del Estado para aferrarse a las gubernaturas del Estado de México y Coahuila.

Presenciamos cómo, con cinismo, el presidente insiste en que hay un enojo “irracional”, mientras él y su gabinete cometen los mismos errores de siempre.

Por eso, hoy los números nos deben alentar.

Éste no es el 2000. Tras la elección de ese año, el PRI perdió la presidencia, pero gobernaba 19 estados.

Hoy sólo controla 14, y las entidades que ha perdido, como Nuevo León, Tamaulipas y Veracruz, implican decenas de millones de votos menos.

No sólo eso. De las nueve gubernaturas que se disputan este año, los priistas sólo son competitivos en una, en Yucatán, y el PRI está a punto de perder su poder en el Congreso.

Esto debe motivarnos a no conformarnos con un mero “castigo” al PRI, sino a buscar su debacle histórica.

No podemos permitir que, después de estos desastrosos seis años en los que superaron el límite de lo impensable, se salgan con la suya.

Sin embargo, hay una advertencia.

Debemos entender que el enemigo no es un partido, sino el priismo, una cultura política basada en la corrupción, el oportunismo y el compadrazgo cuyo máximo fin es mantener y aprovecharse del poder.

Ésta es una peste que permea en todos los partidos políticos e instituciones del país.

Tanto a nivel nacional como local, atestiguamos casos en los que la alternancia significa dejar atrás al PRI, pero no al priismo.

Aun así, esta vez tenemos la oportunidad de extirpar el tumor. Ya nos ocuparemos después de la quimioterapia.

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