Las lecciones de Jorge y Javier

Por Pedro Pablo Cortés

Están por cumplirse ocho años de la ejecución extrajudicial de Jorge y Javier, pero su legado y la deuda que la sociedad tiene con ellos son cada vez más grandes.

Militares asesinaron a Jorge Mercado y Javier Arredondo el 19 de marzo del 2010 frente a una de las puertas del campus principal del Tecnológico de Monterrey.

En un principio, la autoridad los tachó de “sicarios”.

Luego reconoció que eran estudiantes, pero aseguró que habían muerto en el “fuego cruzado”.

Pero, conforme avanzó la lucha de familiares y activistas, se descubieron errores e injusticias.

El expendiente de los jóvenes afirma, hasta ahora, que eran delincuentes, que habían bajado de una camioneta negra y que estaban “armados hasta los dientes”.

La verdad es que ambos eran estudiantes de posgrado, de excelencia, de alto rendimiento, deportistas y trabajaban esa noche en la biblioteca.

Después, el Movimiento Todos Somos Jorge y Javier encontró que los soldados no los confundieron con criminales y que tampoco habían muerto por las balas perdidas.

Nada de eso.

El Ejército primero mató a uno y luego asesinó al otro que acudió en su auxilio, pese a sus gritos de “no disparen, somos estudiantes”, y a pesar de sus manos alzadas.

Luego les sembró armas y manipuló la escena del hecho.

Este negro episodio para Monterrey queda plasmado en el documental “Hasta los dientes” que acaba de estrenarse en el festival Ambulante, en Oaxaca.

“El largometraje presenta los hechos que marcaron un parteaguas en la sociedad regiomontana”, escribe la reportera Verónica Ayala, “por ser un caso emblemático de víctimas inocentes de la guerra contra el crimen organizado.

“Y una de las primeras tragedias que exhibieron el uso arbitrario de la fuerza por parte del Ejército”.

En efecto: la muerte de Jorge y Javier estremeció a una comunidad disciplinada, trabajadora, creyente de la meritocracia y la vía institucional, pero privilegiada y apático.

Al día siguiente de la balacera, acudimos a clases y respiramos aliviados al oír que eran “sicarios”.

La burbuja se nos reventó de forma violenta.

No eran criminales, eran alumnos, y no cualquier tipo de estudiantes: eran destacados, deportistas, estudiosos y “sin vicios”.

“Yo también me quedo hasta tarde en la biblioteca”, “yo también soy disciplinado”, “yo también hago deporte”.

“Pude haber sido yo”, reconocimos.

Casi una década después, hay tanto en lo que hemos evolucionado.

Pero es deprimente ver lecciones que no hemos aprendido.

La irresponsabilidad del Ayuntamiento de Monterrey y la pasividad de las autoridades del Tec han borrado el mural dedicado a Jorge y Javier, y nuestro derecho a la memoria.

En lugar de reducir el rol de los militares en el espacio público, se ha aprobado una Ley de Seguridad Interior que abre la puerta a más abusos de poder del Ejército.

Y, sobre todo, ocurren casos como la ejecución extrajudicial de Nefertiti y Grecia, dos adolescentes de 16 y 14 años a quienes la policía asesinó en Río Blanco, Veracruz.

Como en otras situaciones similares, el Gobierno de Veracruz se ha escudado al alegar que eran “criminales” y que se relacionaban con gente con “actividades alejadas de lo normal”.

Estas declaraciones son indignantes, pero la desgracia es que funcionan porque hay gente que así lo piensa.

Ante la abrumadora violencia del Estado, hay quienes se aferran a creer que se salvarán del abuso de poder o de una ejecución extrajudicial por su color de piel, su nivel socioeconómico, su ocupación, su género o la ciudad que habitan.

Hay quienes prefieren no cuestionar cuando las autoridades nos dividen en “ciudadanos decentes” o “gente que anda en malos pasos” y que merece morir a manos de las fuerzas de seguridad, en un fuego cruzado o por un ajuste de cuentas.

Pero el caso de Jorge y Javier es una advertencia.

Si esto le pasó a dos estudiantes de excelencia de una de las universidades más prestigiosas del país, nos puede pasar a cualquiera.

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