AMLO el ambivalente

Por Pedro Pablo Cortés

Lo más probable es que Andrés Manuel López Obrador gane las elecciones presidenciales el 1 de julio.

Pero lo que no es seguro, hasta ahora, es cómo será su gobierno.

Hay quienes están aterrorizados porque creen que AMLO es un socialista de izquierda que convertirá a México en Venezuela con su caudillismo y su intervención del Estado.

Otros, por el contrario, ven con preocupación sus guiños a la ultraderecha y temen que, con su constitución moral, se debilite el Estado laico y se oprima a las minorías.

Muchos sueñan con que, al llegar al poder, López Obrador implementará políticas radicales de redistribución para aliviar la pobreza y traer justicia social al combatir a la clase política y a las élites económicas del país.

Otros se reconfortan al verlo como un candidato más moderado, sin ideas extremas, y votarán por él con el mero deseo de destruir a un PRI cínico y corrupto, y castigar a un PAN traidor e inepto.

Y si la ciudanía está confundida y con percepciones diversas, los colaboradores de Andrés Manuel y las altas esferas políticas también lo están.

El empresario Alfonso Romo asegura que AMLO respetará las licitaciones petroleras y que ahora aprueba la apertura energética.

Pero el escritor Paco Ignacio Taibo II insiste en que la plataforma de Morena es echar “abajo todas las pinches reformas neoliberales”.

Lejos de despejar estas dudas, López Obrador genera más confusión en participaciones como la reciente de Milenio y otras declaraciones públicas.

En una misma entrevista, critica la fallida estrategia de seguridad del expresidente Felipe Calderón, pero promete crear una Guardia Nacional con “formación policiaca, militar, para la seguridad en especial, más que para la defensa”.

Un día pide “no temer a la Ley de Seguridad Interior”, como establece el propio Proyecto de Nación de Morena, y el otro, su futuro secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, afirma que él no usaría la legislación.

En una misma frase, cuestionado sobre el aborto y el matrimonio igualitario, Andrés Manuel advierte que debe haber una “consulta a los ciudadanos” pero “que se respete” la legalidad vigente”.

Aunque los militantes de la Secretaría de Diversidad Sexual de Morena se mantienen optimistas, AMLO confía en su alianza con el PES y recibe a políticos como el panista José María Martínez, uno de los senadores más antiLGBT y quien impulsó una Comisión por la “Familia”.

Tras analizar esto, podría concluirse que la campaña de López Obrador y su proyecto son un caos.

Pero no es así.

La ambivalencia de AMLO no es un accidente desafortunado, sino una estrategia deliberada con efectos positivos para su campaña.

López Obrador puede expresar algo radical, como detener las reformas o la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, y Tatiana Clouthier aparece, con mucha destreza, para calmar los miedos.

Andrés Manuel puede estrechar la mano de la ultraderecha evangélica y luego elige a la exministra Olga Sánchez Cordero para apaciguar la protesta de las mujeres y las minorías sexuales.

Morena se alía con un partido que admira a Corea del Norte y con otro que pide ver como “aliado global” a un Israel gobernado por el radical Benjamín Netanyahu.

El presidenciable esboza una frase con una idea vaga y aparece un ejército de tuiteros, en su mayoría de la élite intelectual “progre”, para desarrollar toda una política de Estado con lo que “AMLO quiso decir”.

Y así, como en la campaña de Donald Trump, el círculo de López Obrador se divide entre quienes salen a decir “no se preocupen, no lo va a hacer”, y quienes exclaman “no se decepcionen, será más radical de lo que parece”.

Esta crítica despertará indignación entre sus fanáticos.

¿Por qué criticar a Lopez Obrador y no al PRI o al PAN?, espetarán.

Tienen razón en que debemos condenar a un PRI cuya raíz ha podrido a nuestro sistema político, y a un PAN que oscila entre ser una oposición incompetente y una derecha peligrosa.

Pero la realidad es que, salvo una catástrofe, AMLO ser perfila para ser el próximo presidente de México.

Por ende, tenemos derecho a saber cómo será su gobierno y cuál será el rumbo que tomará nuestro país.

Y, sobre todo, debemos dejarle en claro que no tiene el camino libre ni un pase automático.

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