La mujer violentada

Por: Antonio Herrera

“Endulzó” su vino con Xanax antes de dormir.

Un zumbido la siguió por el resto de la noche. Todavía en la mañana un mosquito le chupaba la sangre cuando una ambulancia escandalosa y cercana, le asustó el resto del mal sueño.

Era tan temprano que todavía no salía el sol. 5:30 am. Una luz del techo seguía parpadeando de vez en cuando arrancándole las pocas horas de sueño que le quedaban. No poder calcular los minutos exactos entre cada destello que le atormentó hasta sus mismos pensamientos.

Ojerosa le daba miradas al reloj para verificar que el tiempo pasaba cada vez más lento.

Lúcida veía cruces rosas sembrándose por cada minuto en el que ella pensaba atormentada en como pasaban los segundos. Inconsciente y despierta le venían los flashazos de cada segundo, uno cada vez más diferente al anterior. Les retumbaban a balazos, a silencios llenos de vulnerabilidad, a imposición y hostigamiento, cada segundo se ahogaba en cada no.

Abrió las persianas apenas se filtró el primer rayo de luz, provocando un chirrido de metal que hizo maullar a Roberta y a Alejandra. Marc también empezó a ladrar y el hijo del vecino a berrear.

Se bañó con agua fría para terminar de despertar y empezar a pelear contra un montón de quehaceres que la acompañaron durante varios piropos e insinuaciones. Un flujo de gente, de roces y empujones, la abochornaron de más.

– ¡NO! – le tuvo que gritar a uno que le intentó meter la mano por debajo de la falda.

Se sintió tan llena de furia que le brotó urticaria en el brazo y dolor de cabeza. Los coches no dejaron de pitar durante todo su trayecto en las varias horas del tráfico.

Tomó una infusión de azafrán con miel para bajar sus nervios y empezó a dibujar. “Los fetiches y sus alcances” era el tema de su caricatura del día. Y estaba tan furiosa que descargó ahí todo su rencor. Cada segundo inyectaba tinta roja, rosa y negra, desquitando su mala noche de sueño y la pesadilla que es ser mujer en México.

La pintó encadenada con objetos sexuales rodeándole el pecho. También la dibujó junto con muchas más en silencio en un cementerio.

Su jefe ya la apuraba para entregar el borrador cuando ella ya se paraba por un té verde y un cigarro. Se relajó tanto que se visualizó en una terraza sin preocupaciones, pero un avión a los pocos segundos empezó a descender haciéndole imposible escuchar hasta el murmullo de los otros.

Apenas pasara el avión, otro “no” se gritó a dos cuadras, pero era tanto ruido que desapreció desapercibido entre la sirena de una patrulla y otros gritos de la calle.

Su caricatura estaba bien, había sido aprobada, unos pequeños cambios y colores más pastel, y podría irse a refrescar con un gin.

Apenas entró al bar cuando le llegó un susurro diciéndole “puta”. Lo miró directo a los ojos inyectándole rencor. Salió de ahí justo cuando escuchó el romper de su tacón, crack, por lo que pidió un Uber bajo una luz de juicio y humillación.

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En cuanto llegó pintó más. Con delicadeza y con violencia. Su pintura tenía varios diálogos. Cuando acabó lo contempló para sentirse satisfecha. Tanta furia desechó en su cuadro que se quedó dormida aún con el pincel en la mano.

Un balazo del vecino la despertó e hizo que los berreos del hijo asustaran a todos en la colonia. Esa noche ella sembró una cruz rosa.

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