El golpe de ver que tus padres son humanos

Por Pedro Pablo Cortés

Con refunfuños, me trasladé a las 9:00 horas de mi trabajo, al sur de la Ciudad de México, en la delegación Tlalpan, hasta Tlalnepantla, Estado de México.

Crucé en un Uber la ciudad de sur a norte y creí que me iba dar un infarto por el estrés que me provocaba el tránsito.

Mi abuela le había insistido a mi padre que me trajera capirotada y, como él trabaja en el Estado de México, me pidió encontrarme con él en un IHOP.

Llegué unos 15 minutos más tarde de lo pactado. Apenas y me abrazó. Siempre se molesta cuando me retraso.

Nos sentamos y pedimos el desayuno con rapidez. Tan solo se pidió unos huevos con tocino y papas hash brown. Yo ordené un sándwich de huevo y papitas.

Durante la hora que estuvimos juntos, casi no me miró a los ojos. Hablamos de todo y nada. Si estaba bien, si había disfrutado de mi fin de semana en Puebla y, obvio, de cómo el país se está yendo al caño ante este panorama electoral y socioeconómico.

Encontrarme con él me pone nervioso. Su masculinidad es hegemónica e imponente. Cuando era niño, no conectábamos muy bien porque no me gusta el futbol y porque muevo mucho las manos al hablar, gesticulo y tengo la voz algo chillona.

Acabamos y me subí a su auto. Me dejó enfrente de Plaza Satélite para que pidiera un Uber. Me entregó la capirotada y, para mí sorpresa, agarró dos mil pesos y los puso con prisa en mis manos.

“Repórtate, no te desaparezcas”, me dijo al despedirse.

Mientras me subía a la pequeña banqueta del puente, en pleno boulevard, en el que me había dejado, me lloraron un poco los ojos.

“Sólo quería un pretexto para verme a pesar de estar tan estresado”, me di cuenta.

Al día siguiente, mi mamá me habló para ver cómo había estado todo. Como suele suceder, un tema nos llevó al otro y salió el tema de un amigo suyo que había muerto.

“Oye, hijo, sé que es extraño, pero tenemos que hablar del testamento”, me expresó.

Entonces, por una hora, me habló de documentos, trámites, juicios, gastos y de cómo tendría que hacerme cargo de mi hermano.

Fue abrumador.

“Ya no es algo inimaginable”, me explicó en algún momento de la charla.

Y de repente sentí su vulnerabilidad.

No son los únicos episodios que me lo han demostrado, pero el impacto no desaparece.

Creo que llega un momento de nuestras vidas en el que nos percatamos de que nuestros padres son humanos.

De pequeños los vemos como héroes y los admiramos. Luego son los villanos que nos oprimen y nos impiden ser quien somos.

Después nos acostumbramos a verlos en el rol de proveedores o de responsables de nuestro bienestar.

Pero nos cuesta trabajo comprender, y a veces sólo el tiempo lo permite, que simplemente son personas.

Que tienen miedos, inseguridades y frustraciones. Que a se equivocan, lloran y a veces se cuestionan las decisiones de su vida.

Que en ocasiones no tienen otro hombro en el que recargarse más que el de nosotros.

Que merecen satisfacer sus placeres culposos y alegrías hedonistas.

Es decir, imperfectos.

Para muchos de nosotros, esto es aterrador.

Se supone que nuestros padres son nuestro principal apoyo. Si todo falla, ellos estarán ahí.

Pero duele y muchas veces no hay dolor que más lastime que el que finalmente vemos en ellos.

Porque eso nos enseña una lección que es difícil admitir, que hay sufrimientos que son incurables y penas que son inevitables.

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