La tragedia mexicana

Por Pedro Pablo Cortés

Javier Salomón, Jesús Daniel y Marco.

A poco más de un mes de su desaparición, la Fiscalía de Jalisco afirma que narcotraficantes los “levantaron”, los asesinaron y los disolvieron en ácido.

La versión oficial es que los estudiantes de cine de la Universidad de Medios Audiovisuales (CAAV) de Guadalajara estaban haciendo una tarea en una casa de Tonalá, donde el Cártel Jalisco Nueva Generación los confundió con un grupo rival.

Así fue como estos tres seres humanos se sumaron a las estadísticas que hacen de este sexenio, con al menos 104 mil asesinatos, el más violento de los últimos tiempos.

Aun peor, Salomón, Daniel y Marco pasaron al cementerio de las indignaciones en el que se ha convertido México.

Ahí donde yacen los asesinatos de Lesvy, en Ciudad Universitaria; de Jorge y Javier, del Tec de Monterrey; de Mara, de la Ibero en Puebla; de Nefertiti y Grecia en Veracruz, y de Héctor, Jorge y Miguel, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Así como ellos, hay otras decenas de miles de jóvenes que crecieron en un país de violencia que acabó por terminar sus vidas.

Por estos y otros nombres protestamos, creamos hashtags, exigimos justicias, creamos memoriales y dijimos “nunca más”.

Mas también, lloramos, nos estremecimos, nos indignamos y salimos a la calle con una sensación de zozobra.

“¿Regresaré a casa hoy?”, ”¿llegaré con bien al trabajo?”, “¿me estaré arriesgando mucho al salir tan tarde?”, “¿volveré a ver a mi familia?”, son preguntas que se han vuelto parte de nuestra cotidianeidad.

Y mientras a nosotros nos aterra la muerte, a los políticos les interesa justificarla.

Que “andaban en malos pasos”, “no estudiaban”, “fue un ajuste de cuentas”, “los confundieron con sicarios”, “andaba sola y de noche”, o “que no eran personas de bien”.

O la favorita: “estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado”.

Pero, como expresa Diana Ortega, “el lugar equivocado es México y las malas compañías nuestras autoridades”:

Aun así, lo peor es que, si los gobernantes dicen esto, es porque hay quienes así lo creen.

Abundan quienes se refugian en una burbuja artificial.

No eligen el miedo, pero deciden culpar a la víctima con la falsa esperanza que eso los protegerá.

“No me va a pasar a mí porque yo no ando en malos pasos, porque yo vivo en la periferia, porque no habito en un ‘narcoestado’, porque yo no ando de ‘puta’, porque no soy ‘joto’, porque no soy ‘morenito’, porque yo sí soy trabajador”, se repiten.

Se escudan en el clasismo, el machismo y el racismo para negar que vivimos en un país en el que, aunque haya grupos más en riesgo que otros, todos estamos en peligro.

Y es en esa negación donde radica la tragedia mexicana.

Human Rights Watch advierte que las más de 34 mil desapariciones en México superan ya las de las dictaduras de Chile y Argentina, en conjunto.

Pero la diferencia está, advierte el New York Times, en que “México nunca ha investigado sus atrocidades.

“Mientras que en otras partes de la región comisiones de la verdad y exhumaciones de entierros masivos buscaban exorcizar los pecados de regímenes pasados, en México la responsabilidad del gobierno sigue en gran medida sin salir a la luz”.

La tragedia mexicana no es que vivamos una brutal violencia, sino que nos negamos a aceptar que somos víctimas de una guerra.

El desastre de México no es el apilamiento de cadáveres, sino el aceptar que las fosas comunes son parte de nuestra geografía.

Estamos desesperados por negar que somos Siria y Venezuela.

Y no lo somos.

Somos México: el país de la contradicción.

Una de las economías más ricas de América Latina, pero también una de las naciones de la región con mayor cantidad de pobres.

El sexto país más visitado del mundo, pero también uno de los 25 más violentos del planeta.

Y, sobre todo, somos el país que ha visto a tres compatriotas ganar el Oscar a Mejor Director en los últimos años, pero también en el que han disuelto en ácido a tres estudiantes de cine en los últimos días.

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