La oportunidad perdida de Anaya

Por Pedro Pablo Cortés

Ricardo Anaya, “el chico maravilla” del PAN, inició su camino a la presidencia de forma prometedora.

Al asegurar que era el candidato del “futuro”, Anaya se consolidó en un principio como una alternativa a la continuidad del PRI y a la incertidumbre de Andrés Manuel López Obrador.

El queretano también desplazó a la tóxica ala calderonista del partido tras la salida de Margarita Zavala y otros políticos como Javier Lozano.

Su alianza con el PRD y Movimiento Ciudadano, cuestionada por ser un arreglo cupular, indicaba que el PAN, bajo el liderazgo de Anaya, estaba dispuesto a alejarse de las peores versiones de la derecha.

La campaña del “chico maravilla” parecía ser diferente a la de un panista tradicional.

No se basa en los “valores familiares”, en lo “tradicional” y no muestra una obsesión con la militarización.

Incluso, ha impulsado el Ingreso Básico Universal y ha aceptado una Fiscalía General autónoma y una Comisión de la Verdad con la cooperación de organismos internacionales como la ONU.

Ricardo se fortalecía como la verdadera oposición al PRI cuando AMLO suavizaba su postura contra la corrupción del presidente y él se mostraba como víctima de una persecución de Estado y dispuesto a investigar la corrupción del actual gobierno.

Pero pocas oportunidades tan doradas tuvo Ricardo Anaya para marcar un contraste con López Obrador como los apabullantes guiños del morenista a la derecha y a los ultraconservadoras.

Cuando Andrés Manuel anunció su coalición con el Partido Encuentro Social (PES), progresistas se sintieron decepcionados al ver que la opción de “izquierda” se aliaba con evangélicos cuya prioridad ha sido discriminar a mujeres y la comunidad LGBT.

Ahora, este partido que ha promovido la objeción de conciencia y comparado el matrimonio entre personas del mismo sexo con uniones con delfines o laptops, podría pasar de 10 diputados actuales a más de 60.

AMLO también le ha abierto las puertas a cuestionados, homofóbicos y conservadores panistas como los senadores José María “Chema” Martínez y Gabriela Cuevas, y los expresidentes del PAN Germán Martínez y Manuel Espino.

Aunque Anaya atrajo o mantuvo de su lado a figuras que moderaban y enriquecían su partido, como Emilio Álvarez Icaza, Jorge Castañeda, el gobernador Javier Corral o la senadora perredista Angélica de la Peña, desaprovechó su chance.

El panista se acercó a Diego Fernández de Cevallos y permitió que personajes como Josefina Vázquez Mota, Cecilia Romero y Rafael Moreno Valle encabezaran las listas de senadores plurinominales.

Sobre todo, cuando Andrés Manuel se mostró ambiguo con los derechos de la comunidad LGBT y los derechos reproductivos de las mujeres, Anaya se limitó a decir palabras como “tolerancia” y “vida”.

Y en la legalización de la mariguana y la descriminalización de otras drogas, el “chico maravilla” se ha mostrado escéptico y una vez más desaprovecha un duro golpe a un AMLO ambivalente.

¿Es este el candidato del “futuro”? ¿Uno que ignora los derechos de las mujeres y las minorías sexuales y que deja pasar una industria que genera 9 mil millones de dólares en Estados Unidos y que ya tiene interesados en establecerse en Monterrey?

El aspirante del “futuro” parece más bien el de la contradicción.

Un día exalta el beneficio de los autos eléctricos y al otro promete reducir el impuesto a las gasolinas para promover un subsidio regresivo y los combustibles fósiles con un irresponsable costo al erario.

En una entrevista se declara enemigo del PRI-Gobierno y en otra sugiere pactar con Peña Nieto con tal de detener a su rival López Obrador.

En un evento critica el populismo de AMLO y en otro copia una de sus malas propuestas de reducir el IVA en la frontera.

A veces se distancia del expresidente Felipe Calderón y otras deja entrever que seguirá con su estrategia “fallida” de seguridad.

Anaya no comprendió que de nada le servía apostarle a conservadurismo en esta elección, pues sus votantes se han pasado con José Antonio Meade, con “El Bronco”, con Margarita Zavala y con el PES.

Ricardo sí pudo ser el candidato del futuro, un líder que como Justin Trudeau, en Canadá; Emmanuel Macron, en Francia, o Carlos Alvarado, en Costa Rica, entendiera que reconocer el hartazgo con la clase en el poder y el liberalismo social e incluyente son una combinación ganadora.

Pero Anaya no hizo caso y, por eso, ha perdido la oportunidad de ser una verdadera alternativa.

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