Crisis del cuarto de vida

Por: Antonio Herrera

Pasaban ya de las tres de la mañana y seguía fumando un cigarro tras otro, ansioso por el mismo tabaco y el insomnio. La falta de certeza me tenía angustiado ante la imposibilidad de no poder pensar con claridad. Rendido y descontrolado comencé a llorar aún con un cigarro entre los dedos.

Esperando que su llegada no se atrasara más, me fui olvidado de todo por unos segundos quedándome dormido dejando caer el resto de la ceniza al suelo.

Fue que me despertó mi pesadilla recostándose a mi lado, me abrazó con aliento a bourboun, lo sentía tan cerca de mí. Pude haberlo besado en ese instante, pero sus labios los sentía tan ajenos y desconocidos.

Prendí otro cigarro fingiendo estabilidad emocional mientras lo escuchaba confesándome del amor que acababa de gozar. Mi existencia en ese momento se hizo más intolerante. Podía oler el alcohol destilándose de su cuerpo entre risas de borracho y sollozos de alegría, yo apestaba a cigarro ayudándome a ocultar mi desilusión y lo roto de mi corazón.

Para entonces tenía 23 años y sentía la angustia de mi vida ahogándome por distintas inconformidades. Estaba soltero y veía a mis amigos enredarse en relaciones que me encelaban y me aislaban entre mis propios pensamientos pesimistas.

No conseguía graduarme y varios trabajos me cerraron la puerta por la escasa experiencia que tenía. Con quienes convivía tenían horarios profesionales que nos impedían frecuentarnos como cuando aún éramos inexpertos ante las eventualidades de “la vida real”.

Aún más aislado me sentía viéndome fracasar. La cercanía de los que tenía confianza se iba desmoronando conforme mi irracionalidad se iba apoderando de mí. Ellos se alejaban inconscientemente haciendo su propia vida sin que yo pudiera vivir la mía por mi inconformidad ante todo. Ellos regresaban de estudiar del extranjero y yo veía con recelo mi propia falta de motivación e interés por hacer de mí un ser extraordinario, pues me era imposible siquiera pensarlo.

Se quedó dormido aún enredado entre nuestros brazos. Exhaló el bourbon durante toda la noche, sentía su corazón latir cerca del mío, su piel rozaba la mía. “No me pertenece”, pensaba durante el tiempo restante de mi insomnio.

Era débil, inseguro e incomprendido por mi mismo. Estaba fastidiado por las mismas canciones y los mismos lugares, no tenía ni interés de conocer personas nuevas pues no sabía que ofrecerles. A mi familia la sentía como un peso pues creía que me miraban con ojos de desilusión por mis fracasos.

Vivía sin certezas y veía a todos a mi alrededor triunfar. Dejé de hacer lo que me apasionaba para fastidiarme con la frustración de no poder cumplir mis propósitos y sueños. ¡Había quienes ya tenían su propio negocio!

Yo abrazándolo en sollozos ahogados respirando los besos que alguien más le había dado con el mismo whisky que estuvieron tomando. Me levanté por otra cajetilla de cigarros y el resto del día me olvidé una vez más de mis pequeños éxitos, pero éxitos al finales de cuentas.

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