El vuelo del ave

Por: Antonio Herrera

Desde un ahuehuete se escuchó el trinar de las aves que iban despertando conforme fue alzándose el amanecer. Una parvada de gorriones sincronizaron su vuelo en la mañana fría y mojada por el rocío.

Lorena lanzó el maíz llamando a sus gallinas con un cuchicheo que bien reconocían. Se vio rodeada entre las aves aún vistiendo los harapos de varias vidas, herencia de sus tres hermanas y su madre.

Los gorriones se elevaron alejándose del ahuehuete acercándose a la ciudad, planeando sobre las inmensas filas de coches y camiones que se enfrentaban entre el frenesí de personas que luchaban por llegar a sus órdenes del día.

Jessica, enfurecida por el pitar continuo de los coches, aceleró repentinamente, escabullándose entre un taxista que le gritó “tenías que ser vieja” y un microbusero que aceleró aún más para bloquearle el camino y detenerse entre el tráfico.

La mañana ya calentaba todo el ahuehuete, el roció que reposaba en sus hojas comenzaba a evaporarse. Lorena eligió entre una de sus gallinas distraídas, de forma brusca la agarró entre las patas para llevarla al huerto entre aleteos desesperados, pues sería caldo por la tarde.

Entre acelerones, Jessica llegó tarde a su primera clase del día. “El país no tiene un sistema efectivo para igualar las oportunidades de acceso de los ciudadanos”, dijo su profesor en clase, mientras Jessica veía a través de la ventana a las palomas descansar en el alfeizar.

Lorena inmovilizó a la gallina apretando sus alas en su frágil cuerpo. Guadalupe, su hermana mayor, torció el cuello del ave en un repentino y rápido movimiento. Ya muerta, la sumergieron en un balde con agua hirviendo, entre las dos la desplumaron platicando de la inevitable helada que las nubes pronosticaban.

A mediodía, Jessica, Lorena y Guadalupe, fueron iluminadas por un mismo sol. Una corriente de aire levantó el polvo provocando un remolino que hizo a Jessica correr a su casa, sin embargo, el fuerte ventarrón desprendió el techo de lámina provocando un grito de desesperación entre sus hermanas.

Jessica, por el contrario, se sintió asfixiada por el calor que rebotaba entre el cemento y el acero de la ciudad. Su escuela ardía bajo el sol, con pasos pesados y sudados llegó a su segunda aula. “El origen económico de los mexicanos determina las condiciones socioeconómicas que experimentan cuando son adultos”, apuntó en tinta roja.

El caldo ya hervía entre las brazas que ardieron más por el ventarrón. Lorena y Guadalupe colocaron firmemente su techo empotrándolo con tabiques y piedras. Pelaron un poco de maíz y los colocaron junto a las brazas. Las hermanas, cansadas, se sentaron a tomar el fresco bajo la sombra del ahuehuete a comer su caldo de gallina.

-Habrá que darle de comer a los periquitos y llevarlos a vender a la ciudad. -Ordenó Guadalupe. Así que Lorena se adelantó dando pasos pequeños. Llegaron ya por la tarde al parque que como oasis, daba sombra entre la ciudad de hormigón.

En cuanto dieron las 2 en punto Jessica salió apurada para evitar el trafico de la tarde. Aceleró aprovechando el poco flujo de coches. Estacionó su Nissan bajo la sombra de un fresno y se sentó en el pórtico de su casa, donde llegaba la briza de una fuente del parque.

Conforme iba avanzando la tarde, la gente fue llegando para aprovechad cada espacio de sombra. Los árboles se entrelazaban por encima de sus cabezas refrescando el ambiente entre la locura de la ciudad. El aroma de unas magnolias calmaron a Jessica, en un parpadeo pesado, se quedó adormecida aún bajo la sombra de su árbol. Dos niñitas, cada una con una jaula con periquitos, se le acercaron.

-A quince, damita.- Dijo con voz dulce Guadalupe.

Jessica se despabiló del breve sueño tomando un periquito de cada jaula devolviéndoles la dulce sonrisa. Las niñitas se alejaron aún adentrándose a las sombras del parque. Los pajaritos estaban temblorosos entre sus manos, así que de golpe los soltó dejándolos volar a las ramas bajas de un trueno. Desde ahí empezaron a cantar.

Varios periquitos más volaban libres por el cielo y otros más se vendían. Lorena y Guadalupe consiguieron vender lo suficiente, así no se preocuparían del maíz para sus gallinas y por las semillas de los pericos. Lorena chiflaba alegre acompañando a los pajaritos del parque.

Y así, como las gorriones volaron de regreso al ahuehuete atravesando el parque y la ciudad entera,  Lorena y Guadalupe regresaron junto con ellas aún con algunos periquitos en sus jaulas a su hogar.

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