La esperanza de AMLO

Por Pedro Pablo Cortés

Cuando ocurrió la serie de momentos históricos, estaba con mi novio, una amiga de él y una de mis mejores amigas en la sala de mi departamento.

Acababa de llegar de mi primer turno en la sala de redacción y descansaba para volver a la medianoche, pero no me pude despegar de la pantalla.

José Antonio Meade, el candidato del PRI-gobierno, salió apenas unos minutos después del cierre nacional de las casillas para decir algo impensable.

“Reconozco que las tendencias del voto no nos favorecen”, admitió Meade. “Habré de reconocer que, de acuerdo a las tendencias, fue Andrés Manuel López Obrador quien obtuvo la mayoría”.

Estas meras palabras, de un representante del PRI que además fue alto funcionario del gobierno, eran históricas.

El discurso de Meade generó una reacción en cadena.

Momentos después de él, siguió Jaime Rodríguez “El Bronco”, luego Ricardo Anaya y hasta el presidente Enrique Peña Nieto.

Mi novio, quien sigue a López Obrador desde su primera campaña en 2006, no contenía la emoción.

“Hay que ir al Zócalo, hay que ir con el pueblo”, exclamó con efusividad, a pesar de ser alguien averso a las multitudes.

Antes de irse, me pidió que lo acompañara. Pero me negué, no sólo porque tenía que ir a trabajar, sino porque no compartía la genuina alegría por el personaje de AMLO.

Pero hoy, cerca de dos semanas después de su victoria, entiendo la esperanza.

AMLO ha ganado con 30 millones 113 mil 483 sufragios, el mayor número de votos de la historia de México.

Esto significa que obtuvo 53.19 por ciento de la votación efectiva, una proporción que sólo han superado José López Portillo, en 1976, y Miguel de la Madrid, en 1982, cuando las elecciones no eran democráticas.

Andrés Manuel fue el candidato ganador en todos los estados, excepto Guanajuato.

Su victoria sacudió el mapa electoral, pues fue el más votado en las entidades del sur, como Tabasco, Quintana Roo y Oaxaca, pero también en las del noroeste, como Sinaloa, Baja California y Sonora.

Desde el Zócalo de Ciudad de México hasta la Macroplaza de Monterrey, miles de personas festejaron el cambio.

No importa si votaron por AMLO por ser sus fieles creyentes o como un castigo al PRI y los demás partidos que han desangrado a México, los ciudadanos salieron porque su voto contó y fue tan poderoso, que venció a un sistema que se creía invulnerable.

La debacle del PRI, el partido con mayor responsabilidad del desastre que vivimos, es histórica: ahora gobernará apenas 12 estados, y será la cuarta fuerza en la Cámara de diputados y la tercera en el Senado.

Se respiran vientos de cambio.

Después de más de 200 mil asesinatos en los últimos 12 años, de cerca de 34 mil desaparecidos, de una corrupción rampante y un gobierno cínico, es difícil no encontrar un respiro en el triunfo de López Obrador.

Su discurso de victoria fue inspirador.

“El Estado dejará de ser un comité al servicio de una minoría y representará a todos los mexicanos: a ricos y pobres; a pobladores del campo y de la ciudad; a migrantes, a creyentes y no creyentes, a seres humanos de todas las corrientes de pensamiento y de todas las preferencias sexuales.

“Escucharemos a todos, atenderemos a todos, respetaremos a todos, pero daremos preferencia a los más humildes y olvidados; en especial, a los pueblos indígenas de México. Por el bien de todos, primero los pobres”.

Hoy, es innegable que tenemos la oportunidad de construir un México más justo, más igualitario, más seguro, más incluyente y más próspero.

Yo no he apoyado de forma personal a López Obrador, pero me siento feliz por su triunfo.

Sé que la izquierda que abandera es imperfecta, que las alianzas que ha construido son imperdonables y que algunas de sus propuestas son desastrosas.

Pero, en el momento histórico en el que estamos, el proyecto de López Obrador es el que México necesitaba y merecía.

Ya sea como colaborador del proyecto, o como opositor crítico y responsable, es imperativo involucrarse ahora más que nunca.

Yo sí creo que es momento de que las cosas cambien. Hoy, tenemos la oportunidad de que eso suceda.

Si las cosas fracasan, que no sea culpa de nosotras, las personas que de verdad queremos un mejor país.

 

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