Los misterios del anonimato: Historia de un secuestro

Por: Antonio Herrera 

Ya era de noche cuando varias lechuzas se lanzaron en vuelo rapaz a la caza de los ratones que se alimentaban de la siembra.

La noche era tranquila. Una densa neblina empezó a deslizarse desde la ladera, dejando aún más en silencio los alrededores de la finca de los Hernández, quienes se calentaban entre sueños con las brasas que ardían en su chimenea.

Las lechuzas empezaron a ulular, arrullando los sueños de la familia. La neblina, cada vez más espesa, se asentó entre las hectáreas de maíz.

Un coche en penumbras irrumpió la calma campesina.

-Tú amordazas al cabrón, y entre los dos arrastramos a “El Niño” al carro.
-Pero no seas mamón, y dame la pistola.

Las dos sombras salieron del carro, caminando entre el silencio y el frío de la madrugada, refugiándose entre la espesa neblina. A tientas, el más alto, abrió la cerca quitando el alambre que aseguraba la entrada.

El corazón se les volcó en cuanto un perro les empezó a ladrar violentamente, desfundaron la pistola sin saber a dónde apuntar. Pero los ladridos no avanzaban, seguían en un mismo punto perdido entre la neblina.

-No seas puto, el perro ha de estar amarrado, déjate ya de pendejadas y abre el portón.

Hizo caso a las órdenes y jaló de un listón para abrir el portón, abriéndose paso a una gran sala con pocos muebles.

Ya en el interior, los dos se dirigieron directo a la segunda puerta de la derecha de la chimenea. Los leños crujían por el fuego, reflejando la cara de quienes acababan de irrumpir.

El más alto tenía cicatrices alrededor de la boca, pero era sin duda el más joven, pues no pasaba de los 22 años. Al otro una inmensa barba le cubría la cara y su panza lo hacía ver más chaparro de lo que en realidad era.

Fue cuestión de segundos para que lo adormecieran aún más con cloroformo y lo amordazaran arrastrándolo hasta el coche. El perro volvió a ladrar agresivamente, pero no hicieron más que alborotar a las gallinas que estaban acurrucadas entre las ramas de un higo.

-Ahora sí, pendejo, ahora sí se nos hizo la buena, ya se hizo este business.

Dijo el chaparro panzón mientras prendía el coche acelerando entre la espesa bruma, alejándose de la finca de los Hernández.

Un gallo soltó su canto junto con el amanecer.  La mañana fue la más fría de la temporada, la neblina no se disipaba ni porque el sol ya empezaba a calentar.

Uno a uno fueron despertando; Teresa, la más pequeña de los Hernández, puso el café. Julián, junto con su padre, salieron por algo de pan.

María fue la que dio un grito que retumbo en todo el rancho.

-¡Mi niño!, ¡mi hijo!, ¡las brujas se lo han llevado!

Frenética salió de la finca corriendo hasta los graneros, gritándole a las lechuzas que le regresaran a su hijo.

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