La chica y su guardián

Por: Antonio Herrera 

Nos despojamos de cualquier pena. Él me quitó la blusa y yo desabroché su cinturón mientras besaba la parte sensible y suave de mi cuello.

Se quedó a dormir a causa de mi insistencia que se sobrepuso a su fuerza de voluntad. En la mañana, cuando se despidió, me quedé tendida en la cama por un par de horas más, inhalando su aroma que dejó impregnado en la almohada y mi piel.

Sabía que lo vería al medio día, nuestro contrato así lo estipulaba.

Las indicaciones de mi cuñado fueron claras, mi hermana y yo no podíamos salir del hotel sin él, nuestro guardián, pero mi urgencia de volverlo a tener a mi merced me hicieron escapar furtivamente por nueva lencería que pudiéramos disfrutar los dos.

Fue mi hermana la que arruinó la sorpresa que preparaba para él. No la culpo, quizá fue irresponsable no considerar las consecuencias de no contar con su protección, pero sabía que el encaje negro le haría olvidar mi pequeño desliz.

Me descubrieron ya de regreso, con las compras hechas y el lívido en continuo aumento. Su legítima preocupación me hizo sentir querida y protegida.

Somos de Tampico, por eso preferimos el anonimato mi hermana y yo –y sobre todo para la protección de mí cuñado-. Pero contratarlo a él y a su séquito de guardaespaldas destinados para salvaguardarnos solamente a las dos, me hizo sentir poderosa e influyente en esta gran metrópoli.

Aquella vez nos acompañó y resguardó a recorrer los grandes palacios y el castillo de la capital. A dónde íbamos él nos acompañaba; cenas lujosas en Santa Fe, fiestas privadas en Polanco. Intentaba mantenerlo cerca de mí, así pudiera darle tantos besos furtivos e ilegales como quisiera.

Fueron cuatro días en la que su protección me hizo sentirme encaprichada con él. Aún guardo el sabor de su último beso de despedida.

En mi última noche en la ciudad volví a seducirlo. Desnuda y aún sensible por su cuerpo, agarré su pistola, su verdadera arma de protección que nunca se molestó en esconder. La deslicé desde sus pectorales hasta su ombligo, estremeciéndose y erizando sus vellos rubios por lo frío del metal, esbozó un intento de una sonrisa.

-¿Te sientes segura de estar con una mujer como yo? – Le dije presionando contra su cuerpo el revólver, justo debajo de su ombligo.

Me hizo sentir vulnerable en una fugaz reacción: tomó mi muñeca y en un solo movimiento me tumbó debajo de él, ahora era yo la que sentía lo frío de la pistola justo en mi pubis.

-¿Tú te sietes segura al ser tan cercana a tu cuñado? -Me preguntó.

Mi hermana se casó a las escasas semanas de conocerlo. Nos siguieron grandes viajes al extranjero, relojes únicos y exclusivos, operaciones plásticas y lujos pagados con dinero empolvado y ensangrentado.

No le contesté. Lo miré con fuerza, disfrutando que su pistola presionara mi abdomen.

Regresé a Tampico satisfecha por su cuerpo y su cercanía. Entiendo que por su propia seguridad no se atreva a visitarme, pero ahora mi preocupación es otra, pues mi cuñado está en la cárcel, y sé dónde está el efectivo enterrado, pero nada me es para siempre.

 

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