La búsqueda de la identidad

Por: Antonio Herrera 

Sobre la calle Hamburgo, el departamento número 23 de un tercer piso está impregnado con el aroma de ron blanco, tabaco y látex. Sobre la pared, un cuadro erótico muestra la sensualidad de alguna mujer, en el otro extremo un pequeño altar con veladores y cuarzos sostiene una lámpara que apenas alumbra con una luz roja los rincones del pequeño cuarto. Es una habitación para el placer fugaz, un espacio que guarda secretos y en la que centenares de hombres han entrado para satisfacer algunos de sus placeres.

Dependiendo del cliente y de las emociones que la gobiernen en el día, es como se presenta. Naides cuando se siente sensual, Jazmín cuando está hambrienta, Meissa cuando cobra caro y Dorian, su favorito, cuando genuinamente desea los roces de su amante. Pero ni ella quiere recordar su nombre impuesto al nacer, pues se le hace ofensivo no para el placer, sino para la percepción que tiene de sí misma.

Y es que ella camina por las calles con la plenitud de sentirse y ser mujer. Desde su primera infección de sífilis, que casi la desvanece entrando a sus veinte, se prometió no volverse a descuidar a pesar de su profesión. Así empezó a reconstruirse a ella misma: penicilina para el chancro, hormonas para los senos y las caderas, bisturí casi a sus treinta para su comodidad e identidad, terapia con sus amigas para obtener fortaleza interna.

Empezó a venderse siendo Jazmín. Intentó previamente en la escuela de enfermería, pero no fue aceptada por el cabello largo y las uñas pintadas. Probó contribuir en la imprenta de su hermano, pero una pedrada de su misma sangre la descalabró cuando se ponía los tacones para ir a bailar, asustándola tanto que no volvió a pararse cerca de su familia por la amenaza de no sentirse querida.

Un viejo barbón, a quien le sobraba vello en todo su cuerpo, la aludió tanto por varias noches que le hizo reconocer su belleza. Fue así, mientras le besaban sus muslos, que nació Naides. Se sintió tan satisfecha espiritualmente que comenzó a verlo y besarlo por cenas baratas y susurros húmedos en el oído. Su barbón la hacía sentir querida, tanto quería a su viejito que le lloró por casi un mes cuando murió. Bajó tanto de peso que la cintura se le pronunció aún más.

Cuando se recuperó del duelo empezó a presentarse como Meissa, haciéndose así del departamento sobre Hamburgo -no su ideal pero sí para sus clientes-, y de un par de libros de esoterismo para recuperar fe no en ella, sino en quien la rodea. Con copal purifica su espacio después de cada cliente, y se baña con azahar para limpiarse ella misma. Su esencia huele a perfume de naranjo.

Pero cuando se empalaga de lo dulce se unta un aceite de limón. Cuando la tratan con amargura se recuesta sobre pétalos de nardos y aquellas veces en que la han violentado al hacerle el amor, recurre a los cuarzos y obsidianas para evitar ser segregada una vez más.

Hoy es lunes y hace frío. Se queda recostada con los brazos entre las piernas viendo desde su tercer piso como alguien toca su timbre desde abajo.

-Hoy no, hoy me voy a dedicar a mí misma.- Se dice sin ningún nombre en mente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: