Sobre la soledad

Por: Antonio Herrera 

Las olas jugaban conmigo. Me dejé llevar por horas entre la marea que anunciaba una tormenta, las nubes ya relampagueaban en el fondo del Golfo, viéndose aun más violentas que el mismo mar que me bañaba y revolcaba, la sal ya me empezaba a picar en las heridas de las costillas que me hice cuando la resaca me jaló en un mal chapuzón, de nuevo a su profundidad.

Pero no quería salir de ahí.  Quería disolverme en la sal para que la sangre que brotara fuera bañada con agua de mar y las heridas ardieran para sanar pronto. Habré perdido la conciencia varias veces entre las olas que habré olvidado que de esto se trata vivir. Que el trago de sal lastima y da asco.

Quería vomitar, estaba asqueado, y tan solo el frío del mar me consolaba. Los recuerdos seguían ahí, remojándose conmigo. ¿Habré llevado tres o cuatro horas? Pensé quitarme el traje de baño, al fin el agua ya estaba gris y revolcada, pero no despegó su mirada del libro y de mí desde que los rayos de luz aún calentaban algo de arena.

Logré salir ayudándome de una ola, nadar con ella me hizo sentir realmente agotado. El cuerpo me dolía por dentro y por fuera. Me pulsaron las heridas cuando el aire sopló, dejando aún escurriendo un hilo de sangre hasta mis tobillos. La arena seca y fría era agradable y que él aún me mirara sin discreción de alguna forma me hizo sentir extraño. “Sobre la soledad” se marcaba en la portada, pude leerlo bien porque me senté a lado de él a secarme con el viento que también soplaba entre las hojas del libro.

El ardor y el dolor eran lo único que reconocía en mí, así que acomodé mi cabello de la forma en que sé que se me ve bien. Pero él se me adelantó, y aún con su novela abierta entre sus piernas, cuando volteé a verlo, él ya tenía toda la atención sobre mi.

Le sonreí justo cuando un chorro de sangre se deslizó fría y rápido sobre mi bigote, llegando hasta mis labios y mis dientes. Brotaba sangre por todas partes de mi, me llevé la mano directamente a mi fosa izquierda para bloquear la sangre. Un rayo anunció que la tormenta había llegado hasta nosotros, y así sin más, nos separamos. Intenté correr, pero la sangre de mi nariz no dejaba de fluir, levanté la cabeza viendo lo gris violento del cielo así que me volví a rendir. Toda la lluvia me volvió a bañar, llevándose la sal de vuelta a la arena. Me quedé así, con los ojos cerrados, esperando que la hemorragia parara saboreando el hierro que tiene la sangre. El agua ya volvía a chocar con mis tobillos.

¿Cuántas veces habré perdido la conciencia durante esa tarde? La compañía del agua me hizo sentir bien y fresco. El retumbe del agua chocando en todas direcciones me conformó, clamaba mis ansiedades.

La sangre paró de fluir, la lluvia se llevó todo rastro rojo que pudo haber dejado cualquier evidencia de aquella lucha en la que me enfrenté contra el mar. El cansancio que dejan las olas me despreocupó. La piel se me erizó cuando volvió a llegar una corriente de aire, me envolví con una toalla dentro del coche, esperando que hubiera otra cerca. Pero no, y la lluvia también borró cualquier rastro que pudiera haber dejado en la arena.

No podía dejar de ver lo caótico que resultaba el mar ante aquella tormenta. Era seductora, quería volver, así que, en un golpe eufórico provocado por la intensidad de emociones del golpeteo entre diversas aguas, salí del coche para correr de nuevo al mar enfurecido.

Habrán sido segundos después de que la primera ola me noqueó, o quizá fueron un par más, pero cuando recuperé la conciencia la lluvia ya había cedido y el mar agotado. Las estrellas me bañaban pues había luna nueva. Estaba tendido ahí en la arena escuchando ahora el crujir de los manglares detrás de mí. El mar estaba tan calmado ahora, que parecía que estuviera escondido entre la oscuridad, apenas latiendo después de explotar en furia.

Quedé ahí hasta que estuve despierto del todo, consciente que esta lucha me había purificado, y que las heridas eran las pruebas de seguir con vida. Regresé al coche y manejé entre la selva cerca de una hora, hasta donde un hotel se alumbraba en luz neón, cerca del pueblo de Frontera. Lo vi en el lobby, con el mismo libro y la misma mirada sobre mí.

Me acerqué y le volví a sonreír.

―¿Qué tendrán las playas de por aquí que resultan tan sanadoras? ―dijo tranquilo y con una sonrisa de vuelta.

Habré de estar tres o cuatro horas con él, que cuando nos despedimos y nos fuimos a nuestros cuartos, ya empezaba a amanecer. Era ingenuo estar ahí en la habitación sabiendo que pudiera estar en cualquier otro lugar, así que fui y toqué en el 203, pero una vez más se me adelantó y nadie abrió. El día ya era claro, regresé con demasiada claridad a la misma playa, y ahí estaba, ahí seguía la arena calentándose bajo el sol.

Llegué directo al mar. Adentro me desvestí y nadé por 20 minutos. Estaba leyendo cuando salí. Me puse el mismo traje de baño de los últimos días y me acerqué a él. Esperé que él hablara primero.

―Me recuerdas a Ricardo, pero él no se revuelca en las olas, él se suicida en ellas ―me dijo sobre su libro.

―Hace un viaje por la Península de Yucatán huyendo de una soledad. No es que estuviera solo, o por lo menos amigos y lazos cariñosos no le faltaron. Soledad de la falta de un tipo de amor… Se desconsuela aun más cuando descubre que su novia le fue infiel, o que al menos nunca lo amó, según entiendo. Así que toma su coche y va hasta Bacalar y empieza a rodear hasta asesinarse en Tulum. Te lo recomiendo, buen libro. Al fin, deberías darte una sumergida por Celestún, que yo ya regreso a mi ciudad.

Cuando se despidió comprendí todo lo que me había pasado en estos días dentro del mar. Le dediqué una larga vista a los pelicanos que cruzaban volando el atardecer. Regresé al hotel para dormir y a terminar de sanar. Temprano en la mañana, cuando apenas empezaba a calentar el agua por el sol, manejé un par de kilómetros al lado del mar.

 

 

 

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