La deconstrucción del amor

Por: Antonio Herrera

Hay un continuo tintineo en la cocina, el aroma del laurel y otras especias empiezan a combinarse armoniosamente con la sazón de Lorena, Paola y Alberto.

—Entonces, ¿está podría ser nuestra gran celebración? —dijo Alberto salpimentando la salsa que bañaría el platillo principal.

—Podría considerarse como un pacto cerrado, ya después veremos si nos quedan ganas de celebrar —dijo Lorena buscando la mirada cómplice de Paola, quien concentrada filetea unas lonjas de atún.

El sonido del filo del cuchillo da vida a la cocina, dejando suspendido en el ambiente un placer a quienes están calentando a fuego lento un platillo que desprende aroma picante.

—¿Tú que opinas, Paola?, ¿es esto una celebración? —recalca Alberto, lamiendo un poco de salsa directamente de su palma, haciendo un gesto de aprobación. Agrega: —Que no hay razón de preocuparnos en cuanto nos apeguemos a lo acordado.

—Yo estoy segura de querer hacer esto, no veo por qué no hay que negarnos la celebración. Mientras nos entendamos y sepamos continuar, no veo por qué negarnos este y otros placeres —dijo Paola con una sonrisa cómplice, devolviendo la mirada a Lorena.

Lorena continúa cascando las nueces para el postre. Los tres generan una sintonía entre el hervir y el brotar del calor de los alimentos perfumando la casa entera a un afrodisiaco. El horno anuncia con un timbrazo la cocción de lo preparado a lo largo de una hora y media.

—Tengo que hacer una llamada —dice Alberto mientras apaga el fuego ardiente.

A paso lento y relajado, como quien mantiene sus ideas en orden y en aparente paz, Alberto sube las escaleras al cuarto de Paola, cerrando la puerta tras su paso.

En la cocina, Lorena deja sobre la mesa el resto de las nueces que le faltan por cascar, se acerca a Paola rodeándole la cintura con sus brazos, le da un beso dulce y suave debajo de su oreja izquierda, ruborizando a Paola, quien le devuelve el beso en los labios.

—Aun así tenemos que ser discretas, que Alberto aún no sabe de nosotras y de lo que solemos hacer cuando él no nos ve —agrega Paola.

—Ni te preocupes, que no sospecha nada, y yo sé que lo amas a él tanto como a mí, y en este jueguito ganamos las tres —asegura Lorena, aún aferrada a la cintura de su amante.

—Pero tenemos que seguir fingiendo, que él no sepa que lo nuestro ya es cuestión de la costumbre es importante para que pueda seguir con él y contigo, y mejor aun, disfrutar con los dos —concluyó Paola, regresando a su fileteo.

Arriba, en el cuarto, Alberto se despoja de su ropa y de cualquier pudor. Frente al espejo empieza a tomarse fotos en diferentes posturas y posiciones, en algunas tapando sus misterios para hacer de la sesión algo más artístico. Flexiona los brazos y endurece su abdomen para capturar el mejor ángulo de su cuerpo. Satisfecho empieza a enviar las fotografías a un par de contactos de su celular, quienes respondieron con otras vulgaridades o escenas morbosas.

Lorena comenzó a caramelizar las nueces y Paola a sazonar el atún crudo.

—¿Y crees que esto sea duradero? —pregunta Lorena.

—No lo creo, pero de eso nos preocupamos después —apunta Paola—. Mientras mantengamos nuestros secretos entre nosotras y seamos sinceras, no creo que tengamos que ponerle un fin, es más, hasta podría terminar gustándole, ya sabes cómo son los hombres.

—¿Y si esto llega a un fin, te quedarás con él o conmigo? —vuelve a preguntar Lorena.

—Bien sabes que contigo, mi amor —dijo Paola callando sus inquietudes con otro beso.

Continuaron poniendo la mesa en silencio, en el centro una botella de champagne fría escurría gotas de frescura.

—¡Baja ya, Alberto! —grita Paola

Se vuelve a vestir. Toma un gran suspiro aún viéndose frente al espejo, pensando en sí mismo como un hombre afortunado.

—Perdón por la demora, pero tuvimos un pequeño problema en el restaurante, creo que sí nos hará falta más personal —dijo Alberto a las dos.

—¿Y por qué no contratamos a Lorena?, ya ves que también es excelente chef —sugirió Paola.

Las miradas de los tres se entrecruzan, no hizo falta que respondieran para darse cuenta de que los problemas ya habían comenzado, pero se prometieron levedad y despreocupación. A forma de bufet empezaron a servirse en una plática amena.

Descorchando el champagne y juntando sus copas se dijeron en tono de brindis:

—Por el bienestar de los tres.

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