No hay respuesta simple sobre Venezuela

Las alertas noticiosas sobre Venezuela invadieron las pantallas de los celulares y los perfiles de Twitter una vez más el 23 de enero.

El juramento de Juan Guaidó como “presidente encargado” de la República Bolivariana y el sucesivo reconocimiento de su gobierno por parte de países como Estados Unidos, Canadá, Brasil y Colombia reencendieron el debate sobre el conflicto venezolano.

De inmediato salieron los esperados argumentos.

“Es un golpe de Estado”, exclaman de un lado.

“Se acerca el fin del socialismo corrupto”, gritan del otro.

Con rapidez, la discusión se tornó en una lucha simplista entre “el bien” y “el mal”: apoyar a Guaidó es estar a “favor del imperialismo”, pero reconocer al gobierno de Nicolás Maduro es respaldar al “socialismo dañino y malvado”.

La realidad es que no se llegará a ningún lado mientras la conversación siga así: viciada, contaminada, ofuscada.

“Traten de dejar a un lado la adicción a encajonar todo análisis político, económico y social en función de las muy estrechas definiciones ‘clásicas’ de izquierda y derecha”, escribió en Facebook el venezolano Omar Danilo, profesor de ciencias sociales del Tec de Monterrey.

“Este es un caso ejemplar para demostrar que tales análisis solo profundizan el dogmatismo ideológico y para nada favorecen el entendimiento de las realidades”.

Tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, hay personas que no se sacuden la obsesión de mirar todo a través de los lentes de la Guerra Fría.

Al ignorar las tragedias que ocurren cuando el conflicto de un país se vuelve una lucha de poder entre las potencias, como Libia y Siria, hay quienes parecen listos para que Venezuela se vuelva otro ring en el que Estados Unidos, China y Rusia midan fuerzas.

Otros no están interesados en una solución genuina.

La derecha está empecinada en usar a Venezuela como un ejemplo para satanizar a la izquierda y al socialismo.

Desde Chile hasta México, elección tras elección, políticos conservadores han advertido con neurosis de que, si sus oponentes de izquierda llegan al poder, el país se convertiría en la “nueva Venezuela”.

Gobiernos como el de Jair Bolsonaro, en Brasil, y el de Donald Trump, en Estados Unidos, pretenden usar a Venezuela como una excusa para estar en contra de políticas como la salud pública o la inclusión de la diversidad.

En tanto, activistas y políticos izquierdistas tienen miedo de denunciar las atrocidades de Maduro.

Temen que pedir el fin del régimen autoritario y de la crisis humanitaria signifique rendirse ante las fuerzas neoliberales e imperialistas, que implique una humillación, o reconocer una derrota ideológica.

Pero todo esto es un error.

“Venezuela no solo ha sufrido de ideología, sino que ha sufrido de falsa ideología”, observó la columnista Anne Applebaum en The Washington Post, “de un ‘socialismo’ que renunció a la salud pública y educación, de un ‘populismo’ que puso a narcotraficantes en el poder, y de avaricia ordinaria”.

Es tiempo de deshacerse de esos fantasmas.

Es posible estar en contra del régimen de Nicolás Maduro y denunciar sus atrocidades, sin avalar el intervencionismo violento de potencias como Estados Unidos y Rusia.

De hecho, este es un sentir generalizado de la ciudadanía en las calles de Venezuela, como recoge un reportaje de The Guardian.

Es cierto que China e Irán, que reconocen el gobierno de Maduro, no son brújulas morales, pero tampoco lo son Trump y Bolsonaro, quienes respaldan a Guaidó.

Es momento de reconocer que el conflicto de Venezuela no tiene una salida fácil.

La permanencia de Maduro es insostenible, pero la llegada de un opositor no garantiza estabilidad, pues el próximo líder tendría que lidiar con las expectativas urgentes de la población.

Una intervención solo causaría un baño de sangre aun más intenso, pero la permanencia de la actual clase militar solo prolongaría el régimen corrupto.

Como se aprecia, no es un debate fácil, pero es el que debe existir.

¿Por dónde comenzar? Por las víctimas, por los desplazados, por los hambrientos. Ellos no tienen tiempo para discusiones políticas simplistas.

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