El matrimonio igualitario ya será legal en mi estado, Nuevo León. Claro que se siente personal

Por Pedro Pablo Cortés

Estamos a tan solo unos días de que el matrimonio igualitario sea una realidad en Nuevo León.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) declaró inválidos los artículos del Código Civil del estado que solo reconocen el matrimonio entre “un hombre y una mujer” para “perpetuar la especie”.

Significa que, cuando el Congreso estatal reciba la notificación de la Corte, en un estimado de 15 días hábiles, el Registro Civil deberá casar a las parejas del mismo sexo que lo soliciten.

Esto será sin necesidad de un amparo, como ocurre desde el 2015, cuando la SCJN sentó una jurisprudencia que considera inconstitucionales los códigos civiles de los estados que niegan el matrimonio entre personas del mismo sexo.

El matrimonio igualitario existe en México desde hace una década.

Después de las reformas en entidades como Ciudad de México y Coahuila, era inevitable que el arcoíris se expandiese por todo el país.

La ola de los derechos LGBT es imparable, como le advertimos a los grupos conservadores.

Aun así, al leer la noticia que el matrimonio homosexual llega a Nuevo León, el estado donde nací, me invadió la euforia, las risas y el llanto.

Yo nunca tuve un conflicto sobre mi sexualidad, jamás consideré que había algo “malo” en mí.

Una madre comprensiva, amistades invaluables y acceso a la información me dieron el privilegio de aceptarme como soy.

Pero experimenté miedo e incertidumbre.

Cuando era adolescente, el matrimonio gay era prácticamente impensable, si acaso una típica curiosidad propia de Canadá y algunos países nórdicos.

Los pocos amigos homosexuales que conocía y yo teníamos la fantasía de ir a lugares lejanos, como San Francisco, Ámsterdam o Nueva York, donde tendríamos la posibilidad de vivir sin ataduras, fieles a nosotros mismos.

Aceptarme como homosexual significaba resignarme a renunciar al derecho de formar una familia o establecer un matrimonio.

Incluso hasta hace poco, era doloroso escuchar a familiares y amigos hablar de bodas e hijos.

Mientras ellos hablaban sin preocupación de bodas en la playa, en haciendas o en el patio de su casa, yo no dejaba de pensar en que mis posibilidad se reducían a un puñado de entidades.

Con esta nueva realidad, esto está quedando atrás.

Lo que mis amigos heterosexuales suelen no entender es que esto no significa que quiera correr al Registro Civil a casarme de inmediato.

Tampoco que esté obligado a hacer una boda algún día.

Quiere decir que ya tengo el derecho que ellos toda su vida han dado por sentado: el derecho a elegir.

Al hablar del derecho al matrimonio civil, muchos heterosexuales preguntan: “¿pero para qué se quieren casar, ustedes los gay? El matrimonio es una lata, yo no quiero”.

Pero ellos siempre han tenido el derecho a cambiar de opinión. Hoy, yo lo tengo también.

Hoy, yo también tengo derecho a soñar con una boda en la ciudad donde nací, acompañado de los familiares que me quieren y de los amigos que siempre me han defendido de la discriminación.

Hoy, tengo derecho a que mi acta de nacimiento y mi acta de matrimonio sean del mismo estado.

Porque, como investigué para mi tesis de maestría, el matrimonio en un país como México es más que un mero simbolismo, es una puerta legal para acceder a derechos patrimoniales y de seguridad social.

No importan ya las rabietas de los conservadores, ni la resistencia de políticos como los panistas, quienes con su visión retrógrada han perdido la presidencia y los municipios más importantes de la zona metropolitana de Monterrey.

Hoy, mi estado está obligado por la Constitución y la Suprema Corte a cumplir una deuda histórica con la comunidad LGBT.

Esto es parte de lo que he soñado bajo el sol picoso y los 45 grados de las marchas por Pino Suárez rumbo a la Macroplaza.

Gracias a todas las personas activistas que arriesgaron su vida para mejorar la de cientos de miles de personas como yo.

Gracias.

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