AMLO no traicionó a la sociedad civil. Desde la campaña la desdeñó

Por Pedro Pablo Cortés

“Esto no es por lo que voté”.

Tuit tras tuit, eso repiten activistas de izquierda desde que inició la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, hace más de 100 días.

Se dicen sorprendidos por la designación de la #MinistraContratista, Yasmín Esquivel, a la Suprema Corte pese a ser esposa del empresario José María Riobo, cercano a AMLO, y a pesar de sus opiniones contra los derechos sexuales y reproductivos.

Se muestran impactados porque el presidente canceló los recursos para las estancias infantiles para madres trabajadores y para los refugios que atienden a mujeres que huyen de la violencia machista.

Se exhiben frustrados por la insistencia de López Obrador de someter a consulta popular el aborto y otros derechos.

Se aseguran desilusionados por la deforestación y destrucción ambiental que causará el Tren Maya y la refinería Dos Bocas, símbolo de la obsesión del presidente con los combustibles fósiles.

”Estamos decepcionados incluso los que votamos por él”, declaró a El País la abogada ambientalista Alejandra Rabasa, “su visión energética del país es un modelo que vuelve a los años 70 basada en el carbón y el petróleo”.

Decepción. Coraje. Arrepentimiento. Traición.

Estos son los sentimientos que ahora recorren la tuitósfera, que se perciben en los círculos del activismo de izquierda, que expresan el supuesto chasco de la Cuarta Transformación.

Pero Andrés Manuel López Obrador no engañó a nadie.

AMLO no es un traidor. La 4T no es un fraude.

El presidente no ha hecho nada que no haya prometido o exhibido en campaña.

Desde que pedía el voto, Andrés Manuel era claro.

Desconfiaba de “lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”.

Se escudaba en consultas populares para evadir el aborto, el matrimonio igualitario y la despenalización de la mariguana.

Anunciaba más refinerías y producción de crudo pese a la crisis del cambio climático y a la urgencia de cambiar a energías limpias.

Rechazó una fiscalía independiente del presidente.

Muchas personas, también de izquierda, alertaron sobre estas y otras señales que AMLO mostró en campaña.

Advertían que la coalición de López Obrador era demasiado grande, que le había abierto la puerta a corruptos, oportunistas y ultraderechistas.

Señalaban que Andrés Manuel, en lo personal, siempre ha sido un conservador escéptico de los derechos humanos de las mujeres y las minorías sexuales.

Indicaban que también tenía sus compadres y cuates a quienes les debía favores.

Argumentaban que la izquierda de AMLO era retrógrada, obsesionada con el nacionalismo, con el petróleo y con la idea del hombre fuerte.

Notaban que, más que una verdadera transformación institucional, el político buscaría consolidar su hegemonía personal, un partido poderoso y una red clientelar.

Aun así, muchos cerraron los ojos.

“Lo importante es que gane la izquierda”, decían.

“El voluntarismo político sí funciona”, alegaban.

“En cuanto gane López Obrador seré su crítico y opositor número uno”, prometían.

Mas el momento de criticarlo era durante la campaña.

Había que mostrarle a AMLO que sus errores le saldrían caro.

Tenía que entender que el apoyo no era incondicional.

Pero muchos activistas de izquierda le entregaron un cheque en blanco.

Desesperados ante lo aterrador del resto de las opciones políticas, se aferraron a la idea de López Obrador como única alternativa.

Lo blindaron de cualquier ataque para que su victoria no corriese riesgo.

Y ahora muchos parecen molestarse porque AMLO está cumpliendo lo que siempre prometió.

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