El presidente es una amenaza ambiental

Por Pedro Pablo Cortés

El primer presidente de izquierda del México contemporáneo es un peligro para el medio ambiente.

Aunque a la distancia el discurso de Andrés Manuel López Obrador parece “verde”, sus políticas traerían más bien colores grises y carbón.

La última polémica que evidencia esto es la del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM).

Entre los argumentos que López Obrador usó para justificar la cancelación de NAIM fue su impacto ambiental y el supuesto rescate del lago de Texcoco.

Pero ahora el mandatario anunció que iniciará la construcción del aeropuerto en la Base Aérea de Santa Lucía sin un estudio ambiental completo ni un plan maestro oficial.

No solo eso: un informe de la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena), en conjunto con la UNAM, revela que el aeropuerto, que se llamará General Felipe Ángeles, afectará un cerro y un manto acuífero.

Este patrón se repite.

Josefa González Blanco, secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, admitió que no hay estudios ambientales completos para los proyectos insignia de infraestructura de la administración, como el Tren Maya y la Refinería Dos Bocas, además del aeropuerto.

La Unesco y ambientalistas han advertido que el Tren Maya podría afectar zonas naturales y antropológicas que son patrimonio de la humanidad.

Pero el titular del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), Rogelio Jiménez Pons, ha arremetido contra los “antagónicos ambientalistas”.

“Tenemos que crear desarrollo y el desarrollo va a tener afectaciones al medio ambiente, obvio”, ha señalado Jiménez Pons.

“No ganamos nada como país con tener jaguares gordos y niños famélicos”, ha advertido, como si la decisión fuese de manera forzosa una cosa o la otra.

La situación es similar con la refinería Dos Bocas, en Paraíso (Tabasco), donde se denunció el desmonte de más de 260 hectáreas y la deforestación de un manglar.

Este capricho ilustra la obsesión de López Obrador con los combustibles fósiles, el nacionalismo extractivista y el populismo cochista.

Aferrado desde la campaña a prometer “gasolina barata”, Andrés Manuel ha desdeñado las energías renovables y la movilidad sustentable.

Pese a ser un gobierno de izquierda, se ha reducido el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) en el diésel y la gasolina, lo que ha afectado a la recaudación fiscal.

Además, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) abrió una licitación para comprar 330 mil toneladas de carbón, lo que aleja a México de sus compromisos internacionales para combatir el cambio climático.

Proyectos de energía eólica y solar se mantienen en la incertidumbre por el errático comportamiento de los funcionarios de la Secretaría de Energía (Sener).

Una de las funcionarias que el presidente colocó en la Comisión Reguladora de Energía (CRE), Norma Leticia Campos, manifestó durante su comparecencia en el Congreso que las personas deben “destruir la naturaleza para satisfacer necesidades básicas”.

Senadores de Morena y diputados locales de Ciudad de México quieren incentivar el uso del auto al proponer que se prohíba el cobro de estacionamientos en centros comerciales del país y el de los segundos pisos de CDMX.

López Obrador no es un presidente como Donald Trump que niega el cambio climático, pero al igual que él ata el pasado glorioso del país a los combustibles fósiles, como las minas de carbón en Estados Unidos y la extracción de petróleo en México.

Qué triste ironía que los seis años de un gobierno de izquierda en el país sean un desperdicio de tiempo en la lucha por salvar al planeta.

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