Amor a la distancia: ¿otro mal posmoderno?

Por Pedro Pablo Cortés

“Todos son douchebags o, los que no, viven lejos”, me dice una amiga que acaba de conocer a un chavo justo antes de regresar de un viaje de fin de semana.

“Me resigno, no hay de otra”.

Y sí, parece que hemos aprendido a resignarnos.

Pienso en las personas de mis círculos cercanos y me percato de que hay cerca de una decena que están o acaban de terminar una relación de larga distancia.

El número se incrementa si consideramos a aquellas que, al menos una vez en su vida, han estado en una situación así.

Van desde distancias sencillas, como de Ciudad de México a Monterrey, hasta aquellas con un océano de por medio, como de México a Inglaterra o España.

El éxito también es variado, desde una inglesa que se casó con su novio mexicano para llevárselo a Londres hasta rupturas que terminan tras dolorosos meses de estira y afloja.

Otros ni siquiera se atreven a comenzar.

Es el caso de una chica argentina que me contó, en el Metro de Madrid, que un uruguayo que vive en España terminó con ella porque le aterra la idea de enamorarse solo para después tener el corazón roto por una relación a distancia.

¿Hay ahora, con la nueva movilidad internacional y el dinámico y precario mercado laboral, más amores de lejos?.

Parece que sí, pero no estoy seguro.

Mi papá trabaja en una ciudad diferente a la que vive mi mamá, pero ellos siguen en una relación, y esto ha sido así por más de 10 años.

Ahora recuerdo la última vez que me despedí de mi novio en el aeropuerto.

Lloramos mientras me dejaba en el área de revisión de seguridad.

Hablamos a diario, pero me siento incompleto.

Extraño dormir junto a él, salir a caminar sin destino fijo, escuchar las ideas inteligentes que emanan de su mente y reír con las tonterías que dice.

Es cierto: yo me fui.

Dejé lo que teníamos para seguir una meta personal.

Estaba estancado en mi trabajo y me cuestionaba mi vida todas las noches que iba en camino al canal de televisión a escribir el noticiero de la mañana.

¿Qué hago aquí? ¿Hacia dónde voy? ¿Es esto lo que en verdad quiero?

Por otro lado, así como hay apremio social enorme para que uno viva en pareja, también hay presión para que uno, una vez en una relación, demuestre que es independiente y autosuficiente, que no hay codependencia.

A veces siento eso. Si estoy lejos es porque “tengo que” estarlo, porque debo demostrar que yo cuento, que yo quiero, que yo todavía puedo hacer cosas solo.

No puedo llorar o estar triste. Porque estoy haciendo lo que quiero y lo estoy haciendo por “mí”.

Que el tiempo pasa rápido, que en cuanto menos lo piense estaremos juntos, que esta experiencia vale la pena, que la distancia nos va a servir porque nos va a enseñar algo a los dos.

¿Y qué tengo yo que aprender, si ya sabía que quiero hacer mi vida con él?

Qué maldita obsesión tenemos los humanos con hallarle moraleja a todo.

Estamos empecinados en encontrarle una lección de vida a cada experiencia cuando las cosas, la mayor parte del tiempo, solo pasan porque sí.

Hoy no hay lección, solo hay lágrimas que se me salen de repente al ir en el Metro, llanto que suelto de vez en cuando en mi cuarto, ese dolorcito que siento al despertar o ese vacío que siento al caminar por las calles con rumbo perdido.

Y este texto no pretende ser una guía de nada, porque estoy seguro de que ya, como yo, han leído artículos hasta el cansancio de “cómo sobrevivir a una relación de larga distancia” mientras intentan conciliar el sueño a solas en su cama.

Tal vez solo sea para recordarles que, como ustedes, existimos muchos en la misma situación de amor herido por los kilómetros de separación.

Aunque eso no sirva de nada.

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