AMLO muestra que sus críticos de izquierda tenían razón

Por Pedro Pablo Cortés

La celebración de Andrés Manuel López Obrador y sus seguidores por su victoria electoral ocurrió hace poco más de un año, el 1 de julio del 2018, por lo que “el beneficio de la duda” ya expiró.

No, México no se transformó en una Venezuela del Norte ni en una distopía comunista ni en una dictadura, como alegaba la derecha.

Pero, aunque los opositores derechistas de López Obrador han pecado de exagerados, el ahora presidente está dándole la razón a sus críticos de izquierda.

Durante la larga campaña presidencial, algunos círculos progresistas cerraron los ojos a los focos de alerta que encendía AMLO.

Convencidos de que, por el simple hecho de autoproclamarse como “el primer presidente de izquierda de México”, López Obrador traería una cascada de políticas progresistas, de redistribución y justicia social, la “progresitud” lo apoyó a ciegas.

Irritados, acallaron la voz de un significativo grupo de izquierdistas, quienes argumentaban de modo razonable, a diferencia de los derechistas, que Andrés Manuel representaría una desdicha para quienes esperaban un necesario giro a la izquierda.

Mas las señales de alarma estaban ahí.

Desde campaña, AMLO rehusó reunirse con grupos de la sociedad organizada que buscaban una fiscalía independiente, una reforma policial, un mando civil en la seguridad, garantías para la comunidad LGBT+ y derechos reproductivos para la mujer.

En cambio, acudía a foros con empresarios, se reunía con evangélicos conservadores, prometía nuevas refinerías, ofrecía un recorte al gasto público, rechazaba una reforma fiscal progresista y se negaba a derogar la cuestionada Ley de Seguridad Interior.

“Tiene que hacerlo”, “tan solo espera a que llegue”, “es parte de su estrategia”, “cuestionarlo solo ayuda a sus contrincantes, que son peores”, “cuando llegue al poder seré su más grande crítico, pero ahora no”.

Con estas frases, la “progresitud” tuitera justificaba las señales ominosas de López Obrador, a quien le entregaron un cheque en blanco.

Pero hoy, la realidad nos ha alcanzado.

AMLO dice despreciar el neoliberalismo, pero esta ideología parece regir sus decisiones. 

En su obsesión con la “austeridad republicana”, el presidente ha recortado el gasto público sin importarle si los sectores que sufren son hospitales, escuelas, centros de investigación, proyectos culturales, estancias infantiles o refugios para mujeres.

Parece el sueño de cualquier político de derecha neoliberal.

El mandatario también ha cedido ante Donald Trump la política migratoria mexicana, que de ser abierta y respetuosa con los derechos humanos en el inicio de su gestión ha pasado a ser una cacería y una muestra de hipocresía.

En su afán de conseguir gasolina barata, apelar al populismo cochista y anclarse al pasado, el jefe de Estado se empecina en construir la refinería de Dos Bocas, para la que decenas de hectáreas de vegetación ya se han destruido.

Aunque resolver la crisis climática debe ser una causa primordial de la izquierda global, López Obrador no oculta su amor por los combustibles fósiles.

Tampoco parece importarle la deforestación que causaría el Tren Maya ni la que ya está causando su programa Sembrando Vida, donde algunos pobladores están talando árboles para acceder a los fondos de reforestación en los que consiste el proyecto.

Las reuniones con los familiares de los desaparecidos han sido dolorosas e infructuosas.

Su Guardia Nacional se ha vendido con ambivalencia, pero al final su mando ha quedado en manos de un general con formación militar.

Y los derechos de las mujeres y la comunidad LGBT peligran por la “Cartilla Moral” y el acercamiento del presidente con los grupos evangélicos, a quienes incluso les otorgaría concesiones de radio.

Todo esto parece un desastre para el movimiento progresista.

“Me ha decepcionado”, admiten algunos.

“No me lo esperaba”, expresan otros.

Pero otros sí lo esperaban. Otros sí lo advertían. Algunos más alertaban. Pedían criticarlo desde campaña. No abrirle todas las puertas. Negarle el beneficio de la duda. Vigilarlo. Cuestionarlo.

Hoy, López Obrador no ha llevado a México a la “catástrofe socialista” que denunciaba con pánico y neurosis la derecha.

Pero su conservadurismo sí está conduciendo al país a la crisis que sus críticos de izquierda han denunciado desde hace tiempo.

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