Una noche

Por: Antonio Herrera

Me siento tan antigua como algo olvidado, como lo que no tiene nombre y es inexistente para si mismo, por eso prefiero ahora no saber.

Hay algo de satisfacción en tan solo sentarse y ver sin que nadie se percate del ser. Quiero lograr ignorar a los otros, que ellos no me encuentren y ocultarme para que no me hallen en el tiempo que se conoce como un instante.

Estoy tan limitada de pensamiento que me encuentro sin razón. ¿Qué hay de plenitud si no hay conciencia? Ahora me parece que en ese vacío encuentro algo parecido a la felicidad.

O acaso es que me he mentido a mi misma. He convertido mis mentiras en la verdad que me corresponden. La simplicidad se encuentra en no saber el peso de las cosas, ver el peso de las hojas me está causando una insoportable sensación que preferiría ignorar.

Esa distracción es la que necesito, el desconocimiento de lo demás y de los otros.

Me siento húmeda e incómoda, en este preciso insiste prefería no sentir. ¿La ausencia de sentimientos también es vivir, o simplemente es otra forma de plenitud? Quiero ser incapaz de pretender que entiendo.

Quiero dejar de leer y ver tan solo las marcas sin dejarme tentar de la sensualidad de las cosas. Ser un caníbal, un pez que se devora a otro pez. Debe de haber una existencia en la que no se sepa sobre la vida.

Hablar me es cansado, es más, quiero limitar mi movimiento a tan solo lo esencial. Así que quiero apagar todo flujo que provoque pensamiento. Las ideas son tan tangibles también en palabras. Deshacerme del pensamiento es mi mayor necesidad y no tener la preocupación de la falta de ideas.

No quiero ser entrelinea, es demasiado compleja. Que Dios me desconozca y yo a Él, y aún ser parte de sus milagros. Que la fe pese aún menos que la ausencia de las cosas.

¿Cuál es la ciudad más lejana? Quiero ser ella. Una ciudad silenciosa, casi vacía en donde la vida humana se limite de lo mundano pues ahí se satisfacen los placeres más esenciales. Estoy segura, pero no quiero estarlo.

No quiero tener honor, es una carga de la que me quiero liberar. Ahuyentarme de cualquier explicación y que no me necesiten de ellas.

Preferiría por un instante no disfrutar ni sufrir los roces de mis amados y las perciba como cosa sin valor.

Una fracción de segundo, algo que deje de crear la vida interior que cargo. Desearía cumplir ya mi destino. Amar sin saber que se ama, dejar de desear ese sueño. Me bastaría con dejar de pedirme perdón, volver a descubrir mi primera verdad, ¿qué sentimiento provocaría en mí?

¿He llegado al punto en que las palabras no tienen sentido? Es ahí lo que añoro. Que ni la ilusión tenga momento en ese pequeño instante.

Habrá en primavera alguna flor que crezca y no sea arrancada y desconozcamos de ella. ¿Cuáles habrán sido los limites que llevan mi timidez? No quiero ser ni ambiciosa de ello, y mi capacidad no me de para más.

No despreciar el valor ni el miedo y todo pare. Estúpida delicadeza, ni siquiera quiero preocuparme por ella, no quiero ni siquiera la fortaleza que da la desesperanza, ni la esperanza misma.

No quiero saber de mi ignorancia ni que la felicidad ajena me provoque también alegrías.

Vaya final, está por amanecer, y este momento no se puede atrasar más. Tengo que terminar con esta barbarie de pretender no saber y ver mi cara otra vez.

 

 

 

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