No son la ‘narcocultura’ ni los videojuegos, son la violencia y las armas

Por Pedro Pablo Cortés 

Una desgracia más se sumó a la nación de las tragedias este viernes, cuando un niño de apenas 11 años que portaba dos armas hirió a seis personas, mató a una maestra y se suicidó en el Colegio Cervantes de Torreón.

Para un país acostumbrado a la masacre, el hecho cimbró a la población por la historia del menor de edad, quien vivía con sus abuelos porque su madre había fallecido y su padre trabajaba lejos.

Pero también, para un país acostumbrado a la masacre, las respuestas fueron bastante predecibles y decepcionantes.

Apenas habían pasado unas horas cuando el gobernador de Coahuila, el priista Miguel Ángel Riquelme, declaró que un videojuego “influenció al niño para cometer los hechos”.

En tanto, el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien se define de izquierda y progresista, manifestó la necesidad de trabajar “por la integración de las familias, por el fortalecimiento de los valores morales, culturales, espirituales”.

Lejos de las declaraciones de estos políticos quedaron sus intenciones de buscar respuestas a una pregunta apremiante: ¿cómo un niño de 11 años accedió a un arma de calibre .22 y a otra de .40, que en México es de uso exclusivo del Ejército?

Pero, si el pensamiento de los políticos mexicanos ha evolucionado poco, es porque el de la sociedad también está anclado en el pasado. 

“¿Dónde están los papás?”, “cada familia debe trabajar en sí misma” y “hay que rescatar los valores”, fueron las reacciones inmediatas en los juzgados de las redes sociales.

Poco importó la información que el alumno era huérfano de madre y que vivía con los abuelos paternos porque su papá trabajaba para mantenerlo en una escuela privada, uno de los pocos recursos que las familias ven en México para garantizar el futuro de sus hijos.

Y aun más absurdas e intelectualmente perezosas son los gritos de “narcocultura”.

Aunque este concepto tiene mérito por ser útil para un análisis sociológico, se ha convertido en una conveniente excusa de los políticos para explicar la violencia del país.

Hasta el presidente, en conferencias mañaneras y eventos públicos, ha condenado las narcoseries por ser “una apología de la actividad ilícita”.

Los criminólogos y psicólogos de Twitter tampoco perdieron el tiempo y, de inmediato, culparon a la “narcocultura” de lo sucedido en Torreón.

Mas hay que decirlo claro: No son las “narcoseries”, ni los “narcorridos”, ni los videojuegos.

Buscan chivos expiatorios cuando la “narcocultura” que claman está en la realidad.

Los niños mexicanos crecen en un país que ha normalizado la violencia, los desaparecidos, los asesinatos, los toques de queda y las armas.

Detrás de los alaridos de la “narcocultura” están el racismo, el clasismo y la discriminación.

Alegan que la “narcocultura” influye a “la gente que no tiene estudios”, a los que escuchan “música ranchera”, a los pobres.

Asocian la “narcocultura” y la violencia armada con la “identidad norteña”, cuando los homicidios dolosos cunden en todas latitudes en México, al ser las 10 entidades más afectadas Guanajuato, Baja California, Estado de México, Chihuahua, Jalisco, Michoacán, Guerrero, Ciudad de México, Veracruz, Puebla. 

Con su etiqueta de “narcocultura”, creen que es más culpable el campesino que escucha banda que el “niño bien”, blanco y acomodado que consigue drogas en un abrir y cerrar de ojos en los antros de colonias como Polanco y la Condesa.

Luego están quienes se escudan en discursos vacíos de “salud mental”, sin hacer nada para cambiar una sociedad que estigmatiza el acceso a servicios psicológicos, que llama “generación de cristal” a quienes denuncian el bullying y que normaliza discursos de odio, como la misoginia y la LGBTfobia.

Es momento de reconocer que la infancia mexicana está hecha añicos.

Y no está así por “la pérdida de valores”, por los videojuegos o por las series de narcos.

Está así por un Estado fallido que, no solo ha sido incapaz de contener la violencia, sino que ha sido cómplice por declarar “guerras”, llenar las calles de soldados y permitir el acumulamiento de cadáveres. 

Está así por una clase empresarial indiferente ante el dolor humano que lucha con sus uñas por aferrarse a sus privilegios mientras construye fraccionamientos privados con murallas para alejarse de la realidad.

Está así por una sociedad que ha permitido la normalización de la violencia y la proliferación de los discursos de odio.

Y está así por las 2 millones de armas que han entrado de manera ilegal de Estados Unidos en la última década, como recordó la ONU en el comunicado donde condenó el ataque y la violencia armada del viernes.

Si no cambiamos esto, de nada servirá apagar Netflix, YouTube o Spotify.

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