No eres lo que querías ser.

Por: Antonio Herrera

I

Benjamín despertó esa mañana más temprano de lo habitual. Apenas unos rayos naranjas se filtraban entre las calles cuando llegó a la iglesia de San Antonio. Ni siquiera estaba seguro de haber dormido.

A esa hora estaba todo tan silencioso que aún se escuchaba el eco de la misa de ayer cuando comenzó a enredar, deshojar, remojar y combinar las rosas blancas, los claveles y los lerdos a lo largo del pasillo que lleva al altar.

Tenía todo bajo control y lo sabía. Le recordó al Sacerdote el nombre de los novios y con toda intención le ordenó que no-mencionar durante el sermón.

Benjamín no llegó a escuchar los votos al final de la misa, pues tan solo se aseguró de que toda iba de acuerdo al plan para correr al huerto que le haría de jardín-recepción.

Se aseguró de que el arpa sonara afinada y dio la bienvenida a los invitados al lado de los novios.

Ya había perdido la cuenta de qué boda era esta. ¿La cien, doscientos? Pensó entre tanta alegría ajena que no había festejado apropiadamente. 

No se quedó al desayuno, el cual sí probó para después tomar un vuelo e ir a su segundo evento del día.

II

Benjamín se puso la casulla y rezó varios Padre Nuestro y algunas Aves María, confesó sus pecados y fue a tomar algo de fresco a los jardines que dan al patio de la iglesia.

La luz no había salido pero los pájaros ya empezaban a cantar. Ayudó a preparar a los monaguillos y al subir por la puerta que da al altar, percibió el fuerte aroma dulce de las flores.

Los sermoneo sobre la bondad de Dios en su matrimonio y sobre las promesas que hacen ante Él. Roció agua bendita en los novios y sobre los invitados. Los guió hasta que les aventó arroz y en un coche aparte se fue para la segunda celebración.

Lo recibieron con especial cortesía. Había una brisa fresca que levantaba también las hojas de los árboles que cubrían con su sombra los higos, duraznos, plátanos y nueces en el recibidor.

Benjamín ya había perdido la cuenta de las fiestas que había celebrado. En cuantas algarabías en las que tampoco creía había estado propagando la palabra de Dios.

III

Benjamín y Pris se bañaron juntos e hicieron ese secreto que los mantiene despiertos temprano por la mañana. Se vistieron de gala para su boda.

Antes de salir hacia la iglesia se tomó varios minutos para llorar de alegría lo que recuerda haberse dicho a si mismo, y derramó algunas lágrimas que se confundieron con el roció de la mañana.

Con impaciencia la esperaba en el altar, ahí estaban todos, no faltaba nadie. Sus hermanas iban como damas de honor. Y sonó la marcha nupcial y soltó otra lágrima viéndola tan bella con su buqué tan lindo como ella.

Solo pensaba en besarla de nuevo durante toda la misa, que cuando el padre le permitió, disfrutó hasta el aplauso de ese beso.

Benjamín ya estaba pálido de tantas fotos y de no almorzar que tomó un trago de su mezcal de la petaca que tenía en la solapa del saco.

Feliz se fue de la mano con su esposa a lo que apodan como su nidito, un huerto que da granada durante el verano.

Se sintió orgulloso de esa primera alegría suya que tuvo, diferente a las demás. Y el resto lo vivió como un sueño.

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