La generación medio independiente

Por Pedro Pablo Cortés

“No lo hagas, es una trampa”, advirtió una amiga a otro en un grupo de Whats App en el que él, de 30 años, expresó su deseo de por fin salir de casa de su familia.

“Normalicemos vivir con tus papás hasta los 40”, reafirmó mi amiga.

Las discusiones de la generación millennial, que va de 1981 a 1996, suelen girar en torno a la dualidad de entre quienes se han “independizado” y quienes aún tienen que vivir con su familia.

Dejar el nido sigue siendo el gran estándar del éxito, aunque antes era después de casarse y hoy porque simboliza un logro profesional y financiero.

Mi colega Diana Ortega ha documentado la crisis de los “boomerang kids”, jóvenes que después de haber dejado el nicho familiar vuelven a casa de sus padres por desempleo y problemas financieros.

“Sobrecalificados y precariamente empleados, los millennials son particularmente vulnerables ante crisis como la que presenta la pandemia”, escribe Diana.

Pero dentro de esta dicotomía de vivir con papás o por cuenta propia, la precariedad millennial muestra una amplia gama de grises.

Aquí es donde estamos las personas medio independientes.

Escribo esto entre el privilegio, el lamento y la resignación.

Tengo un trabajo formal con ingreso por encima del promedio nacional, con las prestaciones de ley y seguridad social, mientras vivo en una zona céntrica de Ciudad de México.

Hago pocos viajes, no tengo carro, detesto los restaurantes y bares caros que son solo pose y cero calidad, y la cultura norteña de mis padres me orilla a ser tan “codo”, que no compro nada que no esté en oferta.

Y aun así, siento que no me doy abasto.

El regalo de Navidad que le pedí a mis papás es que me ayuden a completar para el seguro médico. 

De vez en cuando les pido dinero para pequeñas emergencias, completar la renta o cubrir un súper.

Y, sobre todo, sé que podría necesitar de ellos para completar futuros planes, como otro posgrado. 

Aclaro que estoy consciente de mi privilegio, que sé que mis dificultades no son nada comparadas con quienes de forma injusta nacieron o cayeron en la pobreza.

Pero no puedo evitar experimentar este desasosiego. 

Es frustrante sentir que estoy a un paso de caer en la plena dependencia financiera de mis padres, que no puedo desprenderme por completo del nicho familiar, y que mis éxitos profesionales están semihuecos. 

Ser medio dependiente implica no poder desengancharse de los momentos tóxicos o de los compromisos irracionales. 

Significa tener que resignarse durante momentos insanos.

Y la pandemia solo ha exacerbado el peligro que representa la cultura familiar en México, donde la familia se ha convertido en un refugio que justifica la precariedad económica y la ineficacia del Estado.

“La familia moderna es la institución de seguridad social más importante del país”, declaró el presidente Andrés Manuel López Obrador al inicio de la pandemia.

Es momento de transformar esta realidad.

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