Ésta es una amistad

Por: Antonio Herrera

“¡Feliz año, te extraño!”. – Le envié por mensaje en Instagram sin esperar respuesta.

Sin embargo, me contestó con un texto aún más largo en donde me contó que seguía en Austin y que estaba por pasear a su perro que recién había adoptado, el cual todavía no tenía nombre; yo le conté que me había mudado a Guadalajara y que tenía dos gatos, Mila y Taylor. Le sugerí por nombre el de algunos pintores renacentistas para su mascota, y seguimos platicando como dos conocidos que se están volviendo a conocer. 

Fue en febrero de hace cinco años, antes de que se fuera a Estados Unidos a estudiar la maestría, la última vez que nos vimos. Día en el que también dejamos de saber del uno del otro, pues nos reducimos a escribirnos dos veces al año para felicitarnos en nuestros cumpleaños.

Nos conocimos en un intercambio a Vancouver a los diecisiete años. Él frío y distante; yo, por el contrario, un poco menos entusiasta de lo que soy hoy en día, pero mucho más tímido.

Tuvo que pasar un año para que nos volviéramos a ver ya de vuelta en México; él se hizo el que no me vio, y yo, con los nervios en punta y sintiendo los latidos en la sien por volver a compartir el mismo espacio geográfico, fui el que se acercó para saludarlo a la distancia sin el abrazo que caracteriza a los que se quieren y se vuelven a ver.

A partir de ese reencuentro nervioso y distraído pasaron cuatro años de una amistad asustadiza pero sincera; hicimos rutinas de comidas, cine, risas, picnics y demás confidencias. Más de una vez dimos caminatas largas en la mitad de la madrugada en los alrededores de nuestra universidad con esa alegría que se tiene, pero no se es consciente.

La vez que nos despedimos me atreví a mentirle por primera, segunda, tercera y cuarta vez, así que le inventé una versión distorsionada de mi que sé que no creyó para hacer menos dolorosa su partida; le dije que estaba enamorándome de una compañera de mi clase de literatura y que creía tener problemas con el azúcar. Se fue y yo me quedé en esa ciudad que nos conoció y nos desconoció.

Seguí mi vida con otras personas que también llegaron y se fueron. Fue un tiempo en la que su ausencia representó un aprendizaje, y que de otra manera no hubiera tenido aún con la plenitud de saber que el sol a medio día también calienta e ilumina. Aún así, veía su sombra y reflejo en otras personas que también aprendí a querer.

“Deberías venir, Giorgio te quiere conocer”. – Me escribió en un mensaje más.

No le respondí, pero mareado por la memoria compré un boleto de avión para la semana siguiente. Empaqué principalmente cosas para él, de esas que sé que le gustan no porque tuviera que decírmelo, sino por la certeza de simplemente saberlo.

Me presentó a su esposa y su perro me lamió los dedos de la mano como señal de aprobación de que en esencia soy el mismo del que alguna vez fui con él, o al menos así lo vi. Pasé con ellos un fin de semana, y a mi regreso a Guadalajara se despidió con un abrazo de esos que se impregnan en el alma.

Ahora tenemos treinta; él cálido y con esa seguridad en la voz de los que leen hasta altas horas de la noche. Yo menos inseguro y con ese brillo en los ojos de los que creen en un buen porvenir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: