2020: Solo sobrevivimos y está bien. No necesitamos ninguna lección

Por Pedro Pablo Cortés

Estoy aquí después de otra vuelta completa alrededor del sol. 

Suelo escribir una lista de las cosas que quiero lograr dentro de los próximos 12 meses, el viaje que por fin haré, los conciertos a los que iré, el cuerpo que de una vez por todas alcanzaré, el éxito profesional que esta vez sí me hará brillar.

Junto a los 12 deseos con semilla, también es mi tradición hacer un ejercicio de introspección: los errores que cometí, los actos que me avergüenzan, los malos hábitos que necesito desterrar, las conexiones personales que debo recuperar y los pequeños logros a los me aferraré para salir adelante.

¿Pero cómo reflexionar sobre un año en el que tantos perdieron todo? 

Esta noche recibo el año con mis gatos, Pepo y la Licenciada. Estoy en mi departamento de Ciudad de México en pijama, cenaré comida china, veré Riverdale mientras espero las doce campanadas y dormiré para levantarme a trabajar este 1 de enero.

Suena triste y patético, pero luego de este 2020 significa un privilegio.

Pienso en todas las personas que cenarán en una mesa con sillas vacías o que simplemente no comerán nada por tener el refrigerador vació.

Mientras me ahogo en trabajo y responsabilidades, recuerdo a todas aquellas personas que no pueden respirar.

Este año los privilegiados sobrevivimos y eso es un éxito. Este año logramos mantener nuestras vidas y con eso basta. Con eso está bien y ya.

A veces parece que se nos olvida, pero estamos en medio de una pandemia histórica que ha matado a casi 2 millones de personas en el mundo, ha sumido ha cientos de millones más en la pobreza y ha provocado la peor crisis económica en 100 años.

Pese a todo esto, la sociedad nos forzó a vivir la “nueva normalidad” como si fuese la vieja.

En medio de la peor crisis sanitaria, incluyendo de salud mental, las empresas esperaban que fuésemos el doble de productivos.

¿Qué más podemos hacer? 

¿Por qué es controversial o débil admitir que este año ha sido dolor?

Después de años de lucha en empleos mediocres y sobreponerme a crisis existenciales, al fin estaba cumpliendo mi sueño.

Empecé el año con una de las experiencias más trascendentales de mi vida en la frontera sur, donde cubrí la caravana migrante, conocí a personas que lo han dejado todo por una vida mejor, probé mi valentía y afronté el gas lacrimógeno de la Guardia Nacional.

Sentía que me iba a comer el mundo. 

Mas el gusto solo duró pocos meses.

Conforme la pandemia empezaba a irrumpir en México, sentía cómo sacudía mi estabilidad emocional. 

Cuando salía a coberturas, tenía miedo de contagiarme e infectar a la persona que amo.

Mientras el internet me pedía aprovechar el encierro con yoga, lecturas y nuevas recetas, mi salud mental estaba destrozada.

Pero sobreviví. Y las personas que amo también. 

Este 2020 nos enseñó cosas duras.

Aprendimos por la mala que la salud lo es todo y que sin ella no podemos hacer nada.

Entendimos que en algún momento tendremos que ser papás de nuestros papás, el pánico de de pensar que en cualquier momento van a caer enfermos y la rabia de explicarles sin éxito que deben cuidarse.

La pandemia también nos reveló tristes verdades sobre personas cercanas. Confrontados con los mismos hechos, vimos que no compartimos los mismos valores.

Más decepcionante fue observar los aspectos asquerosos de las sociedades en las que vivimos. La esperanza que sentíamos los primeros meses por ver caer al neoliberalismo y una reinvención del rol del Estado dio paso a la supremacía del individualismo y al cinismo del egoísmo.

Y comprendimos que nuestros sueños tienen un límite, que debemos estar preparados a que nuestros planes cambien de un momento a otro. 

Estos son aprendizajes, pero no necesitamos lecciones. La obsesión de buscar moralejas que abonen al crecimiento personal y después sirvan para algo también es un legado de esta sociedad obsesionada con la productividad.

Hoy me abrazo porque sobreviví al peor año que el mundo ha afrontado en la historia contemporánea.

Hoy me consiento porque necesitaré fuerzas para afrontar una crisis que aún no termina.

Hoy me relajo porque me hará falta la estabilidad mental para frenar el pánico de que mis papás se enfermen.

Hoy considero un éxito haber sobrevivido al 2020. 

Sé que las crisis no respetan calendarios. Abundan las burlas para quienes estamos desesperados por dar vuelta a la página.

Pero esta vez la esperanza es un asunto de salud mental.

Digamos sin pudor: 2020, vete a la mierda.

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