Los políticos dejaron crecer a Facebook y Twitter. ¿Por qué apenas se quejan?

Por Pedro Pablo Cortés

Facebook y Twitter suspendieron la cuenta de Donald Trump en un hecho histórico e impactante que al mismo tiempo llega demasiado tarde.

El motivo es claro: Trump azuzó la violencia que culminó en el asalto al Capitolio y la muerte de al menos cinco personas.

Pero ahora la derecha en Estados Unidos, tan fanática del libre mercado, se rasga las vestiduras porque empresas privadas por fin hacen valer sus reglas y destierran a quienes han provocado violencia.

Y en México, la izquierda populista que aborrece el disenso ve en Trump una víctima del poder de los gigantes tecnológicos.

“No se vaya a estar creando un gobierno mundial con el poder del control de las redes sociales, un poder mediático mundial, además, un tribunal de censura, como la Santa Inquisición”, expresó el presidente Andrés Manuel López Obrador en su mañanera.

Mas es demasiado tarde.

Los políticos que por más de una década se beneficiaron de Facebook y Twitter, los dejaron crecer, se negaron a regularlos y permitieron que se volviesen oligopolios, ahora se quejan de su poder de “censura”.

Los demagogos han aprovechado la plataforma de las redes sociales para esparcir su mensaje sin el filtro al que están sujetos en los medios convencionales.

Hablar de forma directa y espolear a sus seguidores les permitió crear una base leal de fanáticos.

Para ello, necesitaban que estas redes siguieran sin reglas o que al menos no aplicaran las que tuviesen.

Bajo un falso escudo de la libertad de expresión dejaron que estas empresas fueran capaces de permitir cualquier cosa.

Y cuando políticas, como la senadora Elizabeth Warren, advertían de la necesidad de regular a Facebook y Twitter para evitar que se convirtiesen en un oligopolio imparable, estas figuras se quejaban de un gobierno demasiado grande y de la sobrerregulación.

México presenta otro capítulo de esta historia.

Los políticos mexicanos han aprovechado el vacío legal para expresarse sin limitaciones, para hacer campañas anticipadas, para gastar dinero opaco en publicidad sin regulación y para que sus seguidores, reales o bots, los llenen de halagos o ataquen a sus rivales.

Sobre todo, les ha encantado disfrutar de un espacio en el que creen que evaden a la prensa crítica.

“Yo llamo la atención sobre este tema, porque si no, aquí nada más sería el Reforma y El Universal, y las televisoras y las estaciones de radio y ya, y los comentaristas”, comentó López Obrador.

“Y allá afuera lo que diga el Washington Post y lo que diga el New York Times y lo que digan las grandes cadenas de televisión”.

El problema creado por ellos y para ellos, y para la sociedad en general, es que Facebook y Twitter no son bienes públicos.

Las redes sociales son a la vez un espacio de socialización y medios de comunicación.

Como espacios de interacción, lo que sucede ahí tiene consecuencias reales.

Por eso en países desarrollados hay leyes que prohíben apología al terrorismo y en México existe la Ley Olimpia, que prohíbe la difusión de contenido íntimo de otra persona sin su consentimiento.

Y como medios de comunicación, tienen filtros.

Sus algoritmos deciden qué información aparece en el perfil de entrada o qué etiquetas y tendencias son las que deben interesar.

Además, aunque Trump sea un caso de alto perfil, miles de activistas de causas justas han visto sus cuentas suspendidas sin explicación alguna.

Por ello, como argumenta Zack Beauchamp, dos cosas son ciertas a la vez: Trump merecía estar vetado de Twitter y Facebook para prevenir más violencia y al mismo tiempo es un peligro el poder que empresas privadas tienen sobre el dominio público.

Pero no hay que engañarse: ni Trump, ni López Obrador, ni ninguna otra persona de poder son pobres víctimas de este fenómeno.

A ellos les pesa perder plataformas en las que puedan decir cualquier mentira sin ningún cuestionamiento pese a no haber movido ni un solo dedo para proteger la competencia y regular el rol de estas empresas.

Mas la ciudadanía en general será la que quede a merced de la voluntad de estos gigantes.

¿Y lo peor de todo? Es que aquí seguiremos todos.

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