El mundo de afuera o la peste caníbal

Por: Antonio Herrera

Santa María ya no es lo que en su pasado se decía de ella. Una ciudad con la mejor cajeta de México y las personas más cálidas. Solía ser visitada por los senderistas que escalaban hasta el cráter del volcán “la Muela” para ver desde las alturas los cimientos de esa ciudad en la que en el centro aún se conserva su iglesia a la Santa Patrona, y una antigua casona de adobe que aguarda leyendas por la descendencia de familias que llevan viviendo ahí decenas de años sin salir de ella.

Pasó de ser un pueblo escondido rodeado de grandes áreas verdes, a una ciudad que fue comiéndose los pinos, encinos y oyameles, para volver a ser el pueblo de los tejados rojos ya corroídos por los tiempos. Ninguno de los tlacuaches, armadillos o venados que se podían ver por el bosque se encuentran más.

Los pobladores, que solo son unos cuantos pocos, viven ahora sin salir ni recibir a las visitas que en el pasado llegaban por montón a hospedarse en sus cabañas que miran a los riscos y servían para arrancar suspiros a los enamorados, pues Santa María era famosa por ser un nido en el que recién enamorados llegaban a marcar sus iniciales en la corteza de los árboles que dan aire a todo el Estado, cicatrices que el musgo ya oculta como una costra que dejaron los turistas soñadores.  

Es un pueblo sitiado, en el que apenas les llega un boletín diurno por semana del que solo se habla de esa nueva peste que acaba con el juicio de las personas hasta transfórmalas en caníbales. 

Cuando llegó el primer caso de locura a Santa María, el sacerdote Julio, y las familias Malagón y Petrushka tomaron la casona del pueblo para no volver a salir. Los pobladores que permanecieron afuera hablaban de ellos como si fuera su único mundo exterior, uno en el que del patio se asomaban las copas de varios pirules y árboles frutales, del cual no se podía entrar por temor a desmoronar el adobe de los muros y soltar la furia de “los hacendados”, nombre con el que siempre se les conoció a esas familias desde la edificación del pueblo. Ahora son los hijos de los hijos los que están ahí, aislados del resto del pueblo de Santa María.

Una de las última niña que aún escribía en español le redactó en cartas al sacerdote que la había bautizado que la religión ya no era como le había enseñado. El sacerdote desde dentro le decía que ahí era como si solo se conociera el idioma de la señas y berridos, y que desde el encierro el silencio poco a poco empezaba a apoderarse de la casona con apenas unos crujidos que los muebles de madera hacían al darles el sol.

Un día, sin previo aviso, la niña -ya de adolescente- dejo de recibir las cartas que leía de él solo en verano, cuando caían junto con los frutos las cartas que el sacerdote escondía entre las ramas del otro lado del muro de adobe para que pudiera recogerlas. Ella las aventaba como avión de papel desde el lado que da al pueblo.

Los del pueblo dormían de forma diferente a cómo lo hacían sus padres, quienes vivieron los comienzos del bloqueo. Ahora duermen todos en la explanada que da frente a la iglesia de Santa María para evitar el interior de sus hogares, pues temen que el encierro provoque esa locura caníbal. La iglesia es conservada ahora solo como bodega.

Sabían que dentro de la casona aún vivían los hijos de las familias Malagón y Petrushka, pues desde el huerto volaban aves con retazos rojos amarrados entre sus patas, unas que salían del cerco por los aires. Otras aves también con retazos verdes, amarrillos, celestes y de varios tonos volaban directamente al jardín de la hacienda para no volver a volar.

Se corría el rumor que ahí dentro solo comían las aves, mientras que afuera se preparaban como sustento una pasta de las hojas y la tierra que da Santa María. Poco a poco la escritura se fue olvidando para empezar a conservar la memoria con los cabellos de quienes iban muriendo. Los tejían como trenzas para ponerlas a secar en las entradas de las casas deshabitadas en las que se decía que provenía su descendencia, y en las que las últimas generaciones visitan como templos para dar nacimiento a los nuevos hijos.

El último alcalde del pueblo fue el que por orden federal cercó Santa María para salir junto con su familia y no regresar. A él le siguió un exilio de cientos de personas que encontraron la manera de salir del pueblo. “¿Y si son ellos los que mandan las aves con los cordones en sus patas?”, se decía de ellos también como leyenda.

Un extranjero llegó años después para ver con sus ojos los barrancos que se mostraban en fotografías olvidadas fuera de Santa María, le sorprendió lo que vio: Un desierto que se extendía más allá del horizonte que se veía desde el volcán de “la Muela”.

Cuando bajó del volcán, los pobladores lo veían con extrañeza. El extranjero intentaba comunicarse con ellos, pero los veía como bárbaros desinteresado por la peste y la guerra que también ocurría afuera. Ellos lo veían como un hombre loco, y temerosos de que pronto se transformara en un caníbal lo lapidaron para tirar su cuerpo cerca de las vallas que separa Santa María del resto del mundo. Así, las ancianas del pueblo, entre ellas la niña que le escribía al sacerdote, confirmaron para el resto de las generaciones que afuera había una enfermedad que acaba con la cordura de las personas.

Esa noche que dieron muerte al extranjero se escucharon sus lamentos hasta el interior de la casona, quienes imitaron los gritos desesperados que se pueden escuchar hasta hoy como si fueran rezos u oraciones en las largas temporadas donde no hay lluvia.

Los más niños, los que apenas aprenden su nuevo idioma que se desconoce en otros lados, son los que hablan del primer caso de locura en Santa María como si lo conocieran, pues son los largos cabellos que cuelgan de sus templos los que les cuentan que hace varios años, una mujer que regresó contagiada del pueblo aledaño, San Bartolomé, comenzó a devorar a sus dos hijos, para después aventarse de uno de los riscos de Santa María. Decían que tenía los síntomas de esa terrible peste, una que envuelve a las personas en aberraciones y palabras sin sentido.

Hoy en día en el pueblo de Santa María se habla de un solo Dios, de San Julio, él mecías  enviado a proteger a “los hacendados”, la humanidad que no conoce el exterior para que al salir al final de la novena sequía, vuelvan a recuperar la tierra que sus antepasados habían destruido.

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