Estamos todos exhaustos. ¿Por qué no podemos admitirlo?

Por Pedro Pablo Cortés

Este mes cumplimos un año de la llegada de la pandemia a México.

Hace un año compartíamos chistes de hoteles de 15 dólares en Venecia, bailábamos “La Cumbia del Coronavirus” y nos protegíamos con compras masivas de papel de baño y comida enlatada.

Hoy nos quedan los memes, pero también un legado de muerte, estrés e incertidumbre que pocas veces en nuestra vida colectiva hemos experimentado.

Enero acaba de ser el más mortal de la pandemia en México con más de 32 mil muertes, cerca de una de cada cinco que la Secretaría de Salud ha contabilizado en toda la pandemia.

Más de 160 mil mexicanos han muerto, una cifra que superaría los 200 mil al contabilizan los decesos que ha documentado el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) de enero a agosto y que superan en 55 por ciento a lo reportado por la Secretaría.

La economía de México tuvo una contracción histórica de 8.5 por ciento en 2020, una caída no vista desde la Gran Depresión en 1932.

Esto solo significa millones de personas sin empleo o uno más precario, además de decenas de millones de personas que entran en la pobreza o ahora caen en la pobreza extrema.

Y más allá de lo estadístico, está lo anecdótico.

Entrar a Twitter o Facebook en las últimas semanas implica ver personas en una búsqueda desesperada de un tanque de oxígeno, una cama de hospital o donadores de plasma.

Llegan mensajes por WhatsApp con la noticia que la madre de tal amiga está intubada, que tal amigo busca opciones de concentradores de oxígeno, que una prima, un hermano o un tío salieron positivos por coronavirus tras días de sentirse mal.

A esto sumemos las sacudidas de incertidumbre que nuestro Gobierno nos regala a diario: una propuesta para reformar la Ley del Banco de México que arriesgaría su autonomía y causaría un cataclismo en todo el sistema financiero.

O una iniciativa preferente para modificar la Ley de la Industria Eléctrica para restringir la energía renovable de las centrales privadas porque “son intermitentes” y ahuyentar las inversiones.

Pero en medio de este caos y colapso, la mayoría hacemos lo que creemos que debemos hacer.

Nos levantamos a diario a tratar de seguir adelante con nuestras vidas pese a la zozobra que nos representa imaginar un posible mensaje o llamada de que nuestra mamá o nuestro papá acaban de enfermar.

Abrimos nuestras computadoras, salimos a trabajar a las calles, escribimos correos y tomamos llamadas con la imagen de terror en la mente de que intuben a alguien que amamos.

Hacemos memes de una inútil página web del Gobierno que se ha convertido en la única esperanza para que vacune pronto a nuestros abuelos.

Tenemos que hacer planes a largo plazo y tomar decisiones que definirán nuestras vidas cuando la prevalente pregunta en nuestra mente es: ¿cuál es el punto de hacer cualquier cosa?

Cuando inició la pandemia y creíamos que solo representaría unos meses de encierro, anticipábamos el fin del capitalismo como lo conocemos.

Entre las imágenes de personas que aplaudían en los balcones al personal médico, nos imaginábamos un mundo más amable y solidario, un nuevo consenso que aceptara que el Estado debe garantizar una sociedad más justa y que los empresarios deben cumplir con su parte.

Ahora sabemos lo ilusos que fuimos.

Uno de los aspectos más difíciles de la crisis es cómo ha evidenciado la disparidad de nuestros valores básicos.

Si entrar a Twitter es ver crítica y solidaridad, a veces Instagram se siente como la red del egoísmo y la banalidad.

Mientras nuestra salud decrece, las empresas no solo esperan que mantengamos nuestra productividad, sino que la dupliquemos.

Y, nuestros hogares, antes espacios de acogida y reposo, ahora albergan el caos de ser nuestro principal espacio de trabajo, socialización y descanso al mismo tiempo.

Las cartas, llamadas, mensajes e interacciones de trabajo reflejan cansancio y desasosiego.

Pero está prohibido declararse exhausto o admitir miedo.

Nuestros pensamientos nihilistas nos acompañan a la cama, pero en nuestra vida cotidiana debemos actuar como si no pasara nada.

Debemos admirar a quienes proyectan seguir con su vida como si el mundo no estuviese derrumbándose y minimizar a quienes urgen hablar de salud mental, de descanso, de hacer un alto.

Estamos todos exhaustos. ¿Por qué no podemos admitirlo?

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