¡Feliz cumpleaños!, ¿ahora qué sigue?

Por: Antonio Herrera

Puedo asegurarles que a mis 31 años apenas estoy por consolidar y reconocer mis pasiones.

Cuando era un niño y jugaba al banquero, al doctor, al repostero o al químico, lo hacía realmente sin saber que quería de mi vida, como cualquier otro infante -creo yo-, en el que solo jugamos imitando lo que sucede a nuestro al rededor.

Y eso no ha cambiado; ahora escribo, hago análisis mediáticos como profesionista, y paso montones de horas entre noticias, novelas y opiniones sin saber realmente que estoy haciendo con mi existencia actual y futura.

No lo digo como reclamo ni como queja, es mas, lo veo como algo positivo que no sé si a la fecha realmente me ha funcionado. Sin embargo, de algo estoy seguro: mis privilegios me permiten tomar decisiones viviendo al día.

Si me mudo de ciudad o de casa, inicio o dejo un proyecto “emprendedor”, o fumo un porro de marihuana, suelen ser decisiones que tomo desde mi inconsciente y al momento sin pensar en las consecuencias. No me gusta planear mi vida, pero tampoco dejo que los demás lo hagan por mí. Así de vez en cuando me aventuro a una nueva oleada de experiencias por mis impulsos.

Vivimos entre preguntas que ahora veo semi vacías: ¿qué estudiaste y a qué te dedicas? – ¿cuál es nuestra obsesión para que nuestras vidas giren en torno a lo profesional? – ¿cuáles son tus hobbies?, ¿qué película es tu favorita?

Se supone que en esas preguntas que nos hacen a diario debemos encontrar y dar sentido a nuestra vida, una vida que tiene la profundidad y complejidad de lo que significa ser persona. Pero creo que hay algo más allá para realmente demostrarnos como individuos.

Por desgracia o por suerte nos toca vivir en una época en la que podemos justamente profundizar en la propia identidad y en los propios intereses para así “encontrar” nuestra identidad y diferenciarnos frente a los demás; lo que nos hace ser especiales y diferentes a cada uno para dar respuestas a ese mal posmoderno que es la búsqueda insaciable del ser para no caer en existencialismos.

Pero caemos y estamos también nadando en esos sin sentidos. Como adultos le preguntamos a niñas y niñas de 8 años cuáles son sus pasiones, qué quieren ser de grandes y quiénes son sus héroes y líderes.

Cuando me preguntaban eso a esa edad solía dar respuestas genéricas que poco a poco también fueron arraigándose en mi subconsciente. Así creía que tenía un crush con Halle Berry o que, ya en los 20, me quería dedicar a ser periodista.

No suelo admirar a las personas que siempre se han mostrado seguras con lo que quieren de su vida. Al contrario, admiro a las que no lo saben y encuentran placer o gozo en hacer algo que no sabían que les llamaba la atención o que no sabían que eran bueno haciéndolo, y que aún siendo malos lo intentan -admiro aún más si intentan haciéndolo con miedo o temor-. Quiero recalcar que nadie necesita de mi admiración y aprobación, es innecesaria y absurda.

Tampoco soy así, no vivo siempre a la deriva, pues a pesar de mi espontaneidad diaria, mi constante ansiedad también me lleva a planear al largo plazo sin necesariamente tener metas fijas o contundentes.

No te voy a mentir, encuentro gran placer cuando me acerco a mis objetivos -solo he alcanzado un puñado de ellos-, pero me da aún más orgullo el mirar hacia atrás y ver que no soy la persona que quise haber sido, sino romper mis propias expectativas y sorprenderme con quien soy.

Pero tampoco me quiero mentir a mí mismo: las derrotas me calan y se mantienen en mi memoria por largo tiempo como una mancha negra y sucia que no me deja estar en paz.

No sé porque lo creo, pero estoy seguro de quienes en su adolescencia o temprana juventud ya reconocían sus pasiones se mentían hasta hacerla una verdad. Lo creo porque a mi no me funciona así, pues apenas a mis 31 años es que reconozco que me encanta pasar horas leyendo, u otras horas más bailando entre luz roja neón.

Quizá diez años atrás, cuando me preguntaban por mis hobbies hubiera respondido que ir al cine o viajar. Respuesta que hubiera dicho con esa amplitud de lo que la gente espera de mí.

No, ahora no. Pues por fin puedo dar una respuesta segura de lo que me agrada, y eso me ayuda a ser un poco más pleno, pues aquello significa que he vencido algunas batallas y me encuentro más conforme conmigo mismo, ¿alguna vez lograré sentirme totalmente pleno, o tengo que condescender tan solo a la felicidad y esas emociones momentáneas?

Pero esas preguntas constantes -las que considero semi vacías- no cesan, y muchas veces vienen de mí mismo. Y por intentar dar respuesta me miento y engaño a los demás. No sé si quiero hijos o me quiero casar. No sé si quiero vivir por siempre en esta ciudad o estudiar un posgrado en uno o diez años en otro país. Tampoco sé ni estoy seguro de mis tendencias políticas o qué es lo que me atrae de los hombres.

Todo es variable algunas veces para mí. Son esas decisiones que tomo día a día las que a veces me hacen creer en mí como una persona que improvisa y no tiene claridad en su presente ni futuro. Del pasado ni hablar, pues apenas las percibo como una secuencia de buenas o malas acciones-decisiones.

¿Quién prefiere mantenerse infantil?, ¿quién vuelve a ver fotos viejas para no verse a si mismo?, ¿quién se reconoce como poeta sin haber publicado jamás un verso?

Estamos en un constante aprendizaje. Una vez se me reclamó por bailar, ¿puedes creerlo?, eso me hizo sentir desplazado, como si mis pasiones no tuvieran cabida.

Pero hoy no, hoy voy a bailar para festejar que cumplo 31 años.

“Y en este punto me abrasó de repente como una aguda llama la revelación definitiva: todo hombre tenía una ‘misión’, pero ninguno podía elegir la suya, delimitarla y administrarla a su capricho. Era equivocado querer nuevos dioses, era completamente equivocado querer dar algo al mundo. Para el hombre despierto no había más que un deber: buscarse a sí mismo, afirmarse en sí mismo y tantear, hacia delante siempre, su propio camino, sin cuidarse del fin al que pueda conducirle. Este descubrimiento me conmovió hondamente, y tal fue para mí el fruto de todo este suceso. Muchas veces había jugado con imágenes del futuro y había ensoñado los destinos que me estaban reservados, como poeta quizá o quizá como profeta, como pintor o como quién sabe qué. Y todo esto era equivocado. Yo no existía para hacer versos, para predicar o para pintar. Ni yo ni ningún otro hombre existíamos para eso. Todo ello era secundario. El verdadero oficio de cada uno era tan sólo llegar hasta sí mismo. Luego, podría terminar en poeta o en loco, en profeta o criminal. Eso no era cosa suya, y, además, en último término, carecía de todo alcance. Su misión era encontrar su destino propio, no uno cualquiera, y vivirlo por entero hasta el fina. Toda otra cosa era quedarse a mitad de camino, era retroceder a refugiarse en el ideal de la colectividad, era adaptación y miedo a la propia individualidad interior. Esta nueva imagen se alzó ya claramente ante mí, terrible y sagrada, mil veces vislumbrada, quizá expresada ya alguna vez, pero sólo ahora vivida. Yo era un impulso de la Naturaleza, un impulso hacia lo incierto, quizá hacia lo nuevo, quizá hacia la nada, y mi oficio era tan sólo dejar actuar este impulso, nacido en las profundidades primordiales, sentir en mí su voluntad y hacerlo mío por entero.

Esto, y sólo esto, era mi oficio.”

Hermann Hesse

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