Los 30 me aterran. Pero quise mucho a mis 20

Por Pedro Pablo Cortés

Escribo estas líneas cuando quedan pocas horas para que cumpla 30 años y suba “al tercer piso”, una frase sintomática de las personas que llegan a esa edad.

Es difícil hacer una retrospección sobre estos años de vida cuando siento que la pandemia me ha robado prácticamente los últimos dos.

Aunque no pretendo que mis sentimientos sean compartidos de forma universal, espero que estas palabras encuentren coincidencias con otras experiencias.

No adornaré la verdad. Me aterra cumplir 30.

Es inevitable pensar en todas las obligaciones que siento que se vienen encima. En resumidas cuentas: I have to get my shit together.

Las decisiones que antes eran nimias, parecen ahora trascendentales. El margen de error se reduce.

Ya no recuerdo la última vez que podía usar de forma legítima la frase: “equis, estoy chavo, se me hizo fácil”. Tampoco puedo evocar la última ocasión en la que alguien me felicitó por tener “mucha” experiencia a pesar de ser tan joven.

La juventud ha dejado de ser una excusa posible para ser un líquido que se escurre de las manos.

Y el principal impacto es darme cuenta de que, si yo envejezco, mis padres también lo hacen. Los tiempos de covid me han mostrado de forma abrupta que son cada vez más vulnerables. Que mi tiempo con ellos puede agotarse de un momento a otro.

Caigo también en el lugar común de golpearme la cabeza con la pregunta: “¿Qué he logrado hasta ahora?”.

De pequeño, me crié con la idea que el progreso iba de la mano con crecer. Que los éxitos eran como una línea recta o una escalera en la que bastaba esforzarse para subir peldaño a peldaño.

Pero mis 20 me enseñaron que no. Y por eso, paradójicamente, le tengo mucho cariño a la década que se me va.

Mañana no sé si despierte más sabio o maduro que años atrás, pero quiero creer que las cicatrices de los 20 son lecciones que me acompañan.

Ahora sé que la vida es un vaivén de fracasos y éxitos, aunque no necesariamente en equilibrio. Que a veces, por más que me esfuerce, pasaré tiempo atrapado en el lodo de la derrota.

A mitad de mis 20 tuve que aprender por la mala que mi profesión no me define porque, si fuese así, habría momentos en los que no sería nada.

También entendí que las decisiones que tomo, aunque parezcan buenas, no siempre serán las mejores. Que cuando me arriesgo, las cosas no siempre saldrán bien. Y también que no todas las experiencias puedo categorizarlas en “buenas” y “malas”.

Aprendí también, por la mala, a apagar las relaciones tóxicas. A entender que es mejor cortar de tajo que fingir. A ser siempre respetuoso, pero no necesariamente amable.

Me enseñé a quererme y a aceptarme. A que debo intentar ser siempre mejor, pero también reconocer que no siempre será posible, que habrá desperfectos con los que cargaré hasta morir y que hay otras cualidades que no merecen llamarse defectos.

Me enorgullece haber aprendido a amar mi identidad, mi sexualidad, mi orientación sexual y mi expresión de género. Que me propuse desterrar los prejuicios externos que había internalizado como propios. Que no merezco mendigar migajas de aceptación y hoy me siento más libre.

Adoré comprender que no debo avergonzarme por la forma en la que hablo, por la ropa que me gusta vestir, por la música que adoro escuchar. Porque los demás no viven en mi cabeza. Solo yo.

Quizá habrá sido el encierro pandémico, pero aprendí a valorar las relaciones que valen la pena. A distinguir entre las amistades forzadas y aquellas genuinas. A saber cuándo en verdad quiero saborear un café y un chisme con alguien, y cuando es un “mero compromiso” que puedo negar. Porque el tiempo se acaba y por eso es cada vez más valioso.

Reiteré que la soledad a veces, muchas, es inexorable. Que por ello debo aprender a caerme bien, a llevarme bien conmigo mismo, a disfrutar de mi compañía. Que tal vez habrá ocasiones en las que no tenga nadie más que a mí mismo. Que hay guerras en los que no tendré compañeros de batalla.

Aprendí a querer mi cuerpo. A que debo mantenerlo saludable, pero no perfecto. A que tengo que hacerlo atractivo, pero para que cada día que me levante, me guste lo que vea en el espejo.

Y aprendí a admitir que no siempre voy a estar bien. Que hay veces que me sentiré un fracasado, como aquel año que estuve desempleado. Que no me quedó más que llorar en el piso.

Aprendí a estar mal. Aprendí a equivocarme. Pero también aprendí que no toda mala experiencia me enseña algo. Que no todo sirve de algo. Que hay cosas que no sirven de nada. Que no todo lo que me mata me hace más fuerte. Que muchas veces solo queda decir: “qué mierda es esto”.

Y está bien.

Mañana, como siempre, tendré el privilegio de agradecer que estoy vivo. Tengo metas. Siento que el tiempo se acaba. No sé qué concluir.

Por lo pronto, solo quiero ser treintón, fabuloso y fantástico.

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