El verso más largo del mundo o el propósito de escribirlo

Por: Antonio Herrera

O Cualquiera otra verdad

Como tengo tiempo libre me voy a dedicar a escribir.

¿Te ha nacido la necesidad repentina de hacerlo? Este preciso momento nació como una forma para no mirar al celular y concentrarme a escribir en esta libreta que me regalaron, y por obligación lo haré con un párrafo largo, uno que me permita pasar el tiempo en estas hojas:

La mañana era oscura. Parecía que aún no amanecía aún siendo las 5:36 am: el sol no había salido a pesar de que cada segundo seguía. Ella estaba sumergida en un sueño en donde no podía despertar. No había un sueño en específico, sino que todo era negro, negro como son los sueños que no se recuerdan, como los que acontecen a una noche de un buen sueño o al despertar repentino del que no se recuerda nada y se suda frío, con una memora, por así decirlo, negra. Ella, porque era una mujer, no escuchaba el tick tock del reloj. Tick Tock. Pero sensoriaba su peso. ¿acaso existe esa palabra y ese peso? Se mantuvo con calma a pesar de estar consciente de cómo era ella; físicamente obesa y mentalmente no decía lo que sentía, ¿o lo que siente? Supo que no se le había subido el muerto pues ya le había pasado. No. Esta vez era diferente y menos terrorífico. Era como si estuviera suspendida, elevada en ella misma; con eso de lo que se le llama consciencia, pero absorta sin razón. Tick Tock. Sonaba el reloj y ella no lo escuchaba. Tick Tock. Esta vez no se asustó por el paso del tiempo. Se lo permitió. Adormilaba sin pena alguna con un sueño largo que sintió como un suspiro que aún permite oxigeno. Era la mañana, de eso estaba segura, solo que esta vez el sol se había atrasado unos minutos. Nada se movía; sus perros se arretujaban entre ellos mismos por el frio. La luna no era llena y nadie la miraba. Tenía un nombre y no le importaba. Los cuarzos se llenaban de esta mañana con un sol ausente. Se elevaba. El sol no salía. Me quedé sin ideas. 

Voy a tomar una pausa, espero no sea larga. Tengo esa otra necesidad que satisfacer. Pero si tardo que sea porque traigo alguna otra novedad, pues no me gusta hacer esperar.

Regresé y le contesté por whastapp que no podía seguir escribiendo pues estaba por vivir una historia que apenas estaba por escribir.

Perdónenme. Pero esta vez no me detendré hasta terminar.

No había ningún paso. Ya era hora para que pasara Victorino por la leche de las vaquitas. No había mugido. El gallo no cantaba. No se escuchaban las patitas de las ratitas que durante las madrugadas de otoños despertaban a la gente desde arriba, y ya era hora. Era hora que hasta las lechuzas se acurrucaran porque debía anunciarse el amanecer. Sin darse cuenta, en esa noche que no podía despertar, percibió que había estado ajena a esa vida de campo, como algo intimo que se descubre por si solo y de lo que apenas se da cuenta. Así que la falta del aroma de café le hizo sentir el frio repentino. Un madero que sostenía el techo de la casona de adobe crujió al mismo tiempo que la pantorrilla derecha le empezó a dar comezón. Una víbora de agua se el empezó a enredar entre los dedos del pie, y con su lengua iba marcando el camino que serpenteando cubría ya toda su pierna. La quería… la quería… la quería golpear. Que se fuera de ahí. Que de un manotazo fuera a dar a la pared, por que se sentía con ese poder, y que quedara ahí moribunda. Pero no se podía mover. El amanecer sin sol seguía y de repente me ocupé con esta historia que siento ya como verdad y como propia necesidad. No estoy aliviado, me hace falta un final, así que se los voy a dar ahora y por convicción propia no terminaré el párrafo; La serpiente le enterró los colmillos justo detrás de la rodilla. Adormilada ella no lo sintió el veneno que recorría caliente junto con su sangre. En esa mañana que no terminó de iluminar, vio los colores que nunca volvería a ver. Como si fuera ella misma recorriendo la sangre de sus arterias, se sentía aún elevada en ese espacio de tiempo en el que ya debía de… moverse. En un principio se sentía elevanda, flotando, pero ahora se sentía dopada por la picadura de la víbora. Hubo una vez, que traviesa y sin querer, más chica, mucho más, había probado unos hongos que le había prohibido comer un señor que alguna vez pasó por el bosque cerca de su cabaña, unos que la mantuvieron igual que hoy, adormilada. Pero esa vez lo sintió como si hubieran pasado varias semanas. Los encontró camino al río ya entrada la vereda y que lo sobrepasara fue cuestión del mismo tiempo. No dependió ni de ella ni de nadie más. Su viaje la terminó por convertir en mujer y aún en el viaje se veía a si misma nadando contra corriente en un río de sangre. Pudo ser de hierro puro, hierro líquido y pesado que esa vez ella cruzó; Despertó consciente dos tardes después, amoratada y rasguñada porque sin saber de ella misma bajó del monte como una posesa, tal y como se sentía en esta mañana aún oscura. Poseída. En donde había soñado que el veneno de una víbora la hacía volar. Ella había aspirado pocas cosas en su vida y despertar esa vez ya se había convertido en una de ellas. Moverse y agitarse. Salir de ese olor a cama y de sudor de noche. Pero no podía así que empezó a sentirse y a llamarse como río, como caudal por la que corre el agua. Rápido. Ella misma se sentía como con una necesidad de acomodarse siendo agua para liberarse de esta corriente. Como mar. Como océano. Se sentía como el líquido que pasa por una inyección. De repente recordó que el despertar era eso, una inyección de hormonas y que de seguro eso había atraso el tiempo esa vez, y que con el simple hecho de saber eso se anunciaría el amanecer. Algo descubierto esa misma noche, o puede que hubiera sido una mañana, hizo que el sol desvaneciera la culebra como una espuma con su temprano tintinear. Sus músculos empezaron a calentarse. Reconoció los pasos. Victorino habría el portón principal y empezaría a podar algo por ahí. Un guajolote agarró un vuelo en caída del mezquite al alfeizar de nuestro personaje que ya no estaba flotando y tampoco estaba plenamente dormida. Ella lo sabía, y conforme el tiempo se fue alineando al día que empezó retrasado ella ya tenía algo que hacer.

Me supera el tiempo. Me superan las hojas. Las palabras me faltan. Me sobran. Odio los puntos y me cuestiono los signos. Deberían de ir o son tan solo protocolo. Los odio, pero me da un placer usarlos, exprimirlos y returjarlos de forma incorrecta. Exprimirlos y que sangren, que formen figuras y sigan el camino de las constelaciones. Si pudiera usarlas más, aprovecharía para construir párrafos más largos que este -o más cortos-. ¿Qué corrientes literarias abusan, abrazan y presumen de los versos largos? Pero no, ya no puedo. Me rindo. He caído en una conformidad que me gusta y de la que puedo sacar provecho, algo de lo que ni siquiera yo estoy seguro, pero sé que funcionará. Al menos que no lo haga. He escrito ¿han existido? cuentos que no me atrevo a publicar a escribir; uno que mira desde un sexto piso de un motel la vida de abajo, la de la calle; la historia de un buen hombre que me terminó de matar, y que no reconozco porque pude haberlo conocido años antes. Te quisiera escribir algo sobre el underground gay, pero me supera el tiempo. Me superan las hojas. Las palabras me faltan. Me sobran. Odio los párrafos cortos y por eso estoy intentando escribir uno largo, ¿tiene algún sentido? Hemos aprendido que autores encuentran sentido a través de las palabras. También hemos aprendido que la pierden.  Me gustaría leer más a Virgina Woolf. Me gustaría poderme convertir en un especialista del cine. Me gustaría poder cocinar los fines de semana y ahorrar un poco de dinero, o salir a cenar sin preocuparme por él. ¿Estoy llegando a ese punto en el que los párrafos largos comienzan a tomar sentido?, o ¿a caso también lo estoy perdiendo? Este año leí 2666 y me inspiré en él. También conocí a alguien. Pero eso no importa, pues tan solo estoy prolongado este tiempo libre que me está comiendo, pues me supera. La libreta no se me ha acabado y empecé a escribir en máquina. En donde también me faltan las palabras. Me sobran. Odio el auto corrector. Debería ayudarme más. No sé como se escriben algunas palabras y se me va acentuar algunas otras. Si pudiera respetarlas más lo haría, pero hago todo lo que está en mis posibilidades y no logro encontrarle sentido a este largo párrafo. ¿o sí? Lo he encontrado. Atento, estoy por anunciarlo: un párrafo largo anuncia pensamientos elaborados. Lástima que estoy abusando de mi poco vocabulario y de los puntos y seguidos. Y de las comas. Me gustaría aprender a usar mejor los puntos y coma; son mi más grande oportunidad. Son un titulo que viene después de otro. Algo con igual importancia, algo que puede dar pie a una la opinión de una Nación; o de algo menos o más relevante. También me encantan los puntos suspensivos, pero son peligrosos e intento no usarlos en exceso, pero ellos mismos son una infinidad.  Estoy por terminar, lo prometo, tan solo quiero terminar esta cuartilla he irme a dormir. Si pudiera la editaría hoy mismo y probablemente lo haga. Hay una corta lista de cosas que tengo que hacer y no te quiero aburrir con ella. ¿Ya he usado esa frase en un texto o me lo estoy imaginando? Estoy seguro que la he usado, pero no de que lo haya publicado. Y es tarde para lamentarme o borrar este pensamiento. No. Yo no he logrado fluir como el agua. No he podido ser río ni corriente rápida. ¿He sido letra?, ¿soy palabra en este momento? Hay un propósito para seguir escribiendo y espero descubrirlo pronto, espero llegues -llegar- al final, pero ni yo me prometo tanto. No es atrevido lo que estoy haciendo, pero me da vergüenza. Ya lo sabemos, no hace falta repetirlo, el que escribe entrega. Pero aquí estoy volviéndolo a escribir con palabras menores a pesar de que me supera el tiempo. He superado el párrafo que quería escribir, eso ya lo dejé atrás. Las palabras me faltan. Las palabras me sobran. Justo ahora me voy a atrever y te voy a contar en corrido lo que me pasó, pero de lo que me quedé ganas: me quedé con ganas de dejar dos puntos abiertos para dar paso al amor. Pero lo cerré, no con un punto final, sino con un punto y aparte de los que claramente he abusado aquí. Pero voy a seguir abusando. Voy a terminar pronto, no lo prometo, pero lo veo venir. Aquí está. Ya llegó. Otra vez estoy absurdo el separar el tiempo con puntos. O con comas. Mi falta del uso de acentos algunas veces. Ella, la de la picadura de víbora que me mantiene despierto ahora que yo ya  la desperté, no me hace entender más pues no me encuentro en posibilidades de parar y me siento tan suspendida como ella lo fue. Sin temor ni preocupación. ¿Qué certeza tengo? Ninguna. No la hay al menos que se explique, y para eso faltarían las palabras que no se agotan, y espera… dame una oportunidad para despedirme como se debe, pues si llegaste hasta aquí no queda más que reconocer mi aprecio, no tengo nada más que ofrecerte. No, la verdad es que sí lo tengo, pero te lo diré para la otra en que tenga un poco más de tiempo con la promesa de decírtelo desde el principio. ¿A quien le escribo?, aquel quien me lee. Y a mi mismo, claro. Terminemos esto. No puedo parar, siento que me falta algo de dramatismo, así que te lo diré breve y conciso:

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